Page 154 - Rosario Corinto 11
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Cerrar los ojos
y sentir
Natalia Díaz Jiménez
Alo largo del año cierro los ojos y casi soy capaz de transportarme a ese momento.
Es Sábado de Pasión, unos 30 minutos antes de que comience nuestra procesión, y
estoy en una Plaza de Santa Catalina repleta de cofrades corintos listos para arrancar,
y de murcianos y visitantes que esperan impacientes nuestra salida.
De repente se empieza a escuchar, a lo lejos, solo hay que concentrarse un poco para darse
cuenta. La primera banda de nuestro pasacalles previo ya está en camino, se escuchan sus tambores
cada vez más y más cerca.
Se hace el silencio, por lo menos para mí.
No escucho el murmullo del público, ni de los estantes en la calle Santa Isabel listos para
entrar a la Iglesia, ni el de los mayordomos y penitentes que ya están aguardando su momento en
la calle Marquesa. Solo su música.
Cada vez se escucha más, cada vez están más cerca, hasta el momento en el que llegan e
irrumpen en la plaza, haciendo que ahora sí, comience todo.
Cerrar los ojos y sentir. Y esa sensación, permitidme que os diga, es absolutamente indes-
criptible con palabras. A veces se nos olvida precisamente eso, cerrar los ojos y sentir. Disfrutar y
darnos cuenta de lo afortunados que somos de poder vivir momentos como este.
Como decía, comienza todo, la banda que encabeza nuestra procesión arranca exactamente
a la hora en punto y como casi por arte de magia o, mejor dicho, gracias a Dios, todo sale en rigu-
roso orden. La responsabilidad es inmensa, el trabajo de meses anteriores se pone a prueba y, por
supuesto, está todo listo para que todos y cada uno de los cofrades que formamos esta Cofradía
disfrutemos de nuestra procesión.
Durante toda nuestra Semana Santa, intento parar y fijarme en pequeñas estampas que
nos regala, mágicas para mí, y que me sacan una sonrisa en cualquier momento del año cuando
me acuerdo de ellas. Os prometo que si os fijáis podréis ver momentos únicos, como unos padres
orgullosos viendo como sus hijos siguen su legado, unos amigos emocionados viendo a su amiga
cumplir el sueño de ser estante o unos novios siguiéndose durante toda una procesión para verse
en cada esquina. En definitiva, momentos que, aunque pasen desapercibidos, son regalos que la
Semana Santa nos da.
Ser vicecomisaria de procesión me permite disfrutar de momentos realmente increíbles
como estos, y también me da la oportunidad de trabajar para que cada uno de los cortejos que
nuestra cofradía saca a la calle, lo haga de la mejor manera posible.
Es una satisfacción increíble ver cómo los nazarenos terminan felices tras las horas de pro-
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