Page 157 - Rosario Corinto 11
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cuando me preguntan “¿Algún día llevaré el mismo paso que tú?” “¿Pesa mucho el paso?” “¿Por
qué pones esas caras cuando llevas el paso?”. Típicas preguntas que hacemos cuando somos niños,
pero a veces es difícil de darles una respuesta. Yo siempre les digo, “Cuando seáis mayores encon-
traréis las respuestas a vuestras preguntas”.
Cuando se acercaba la Semana Santa, eso significaba que el traslado de tronos estaba a pun-
to de volver a ocurrir. Era un instante, pero era el más emocionante, porque el momento se estaba
acercando y ya se creaba un gran ambiente de procesión. La calle Gavacha, era un gran hervidero
de gente que, venían a contemplar las sagradas imágenes dirigirse al templo. Los estantes lucían
sonrientes, los cabos de andas con muchos nervios, pero yo era el que más nervioso estaba. Un gran
cosquilleo empezaba a dar vueltas por mi cuerpo, una ilusión que más tarde sería una emoción que
me inundase el corazón.
Iba a ver la procesión del Amparo y ese cosquilleo era cada vez más y más grande. Me iba
a dormir esa noche del Viernes de Dolores como si de una noche de reyes se tratase, impaciente y
con mucha ilusión esperaba que llegase el día más mágico de todo el año.
Y llega el Sábado de Pasión, da igual el año, siempre son los mismos nervios, los mismos
sentimientos, las mismas emociones. Santa Catalina se vuelve a fusionar con el color corinto, para
anunciar a Murcia entera de que el gran día, ha llegado. Los estantes de la Oración empiezan a ma-
nufacturar su palmera, grandes palmas y dátiles escogidos para la ocasión, le acompañan un vino
viejo con pastas para aquellos que contemplan una tradición. Mientras tanto, dentro se va creando
un cúmulo de emociones, pasos que se visten con flores, el pueblo que quiere ver los sagrados pasos
y en el fondo de la iglesia está Él, el Rey de Santa Catalina. ¿Qué habrá en ti Padre? ¿Qué sería la
Caridad sin ti? Padre, es tan grande tu presencia que, de tus manos clavadas al madero, noto una
cálida caricia, de tus brazos un gran abrazo, y de tu rostro durmiente, una pequeña sonrisa. Pero
es que, frente a ti, se encuentra mi otra debilidad, Cristo arrodillado en el Getsemaní murciano,
sostenido por un ángel que nos conforta a todos nosotros cuando peor estamos, cuando necesita-
mos el consuelo en nuestras angustias o cuando en nuestras lágrimas de tristeza, necesitamos de
alguien que nos escuche.
¿Cuántas veces habré visto a Antonio, echarle mano a su amada palmera, colocándosela en
su hombro, para llevarla hasta lo más alto del paso? ¿Cuántas veces habré visto esa levantada desde
el suelo para que ambos Bartolos, puedan ponerla en su lugar reservado? Pero, ¿Y la olivera? ¿Es
difícil que encaje en el primer intento la olivera? Yo os puedo asegurar que hasta que Antonio no
dé el visto bueno, habrá que seguir perfilando más el tronco.
Que importante es la labor de una camarera, para que su Cristo, luzca de la mejor manera
posible. Túnica morada que de ella sobresalen puntillas blancas, potencia plateada que reposa en
la cabeza de Jesús y rodeando su cintura, un cíngulo dorado. Tanto es el mimo que le ponen Toñi
y Juan Luis, que se puede ver hasta el más mínimo detalle. Pies descalzos sobre el monte, manos
desnudas y una mirada de tristeza, agonía y amargura.
2020 fue sin duda un año cargado de fuertes emociones. Tras 25 años, aquella familia que
creó de la nada una nueva hermandad, al fin, ese proyecto iniciado en el año 96, vería la luz de su
finalización con sus tres apóstoles durmientes. Juan, el más joven se quedó dormido apoyando su
cabeza al tronco de la palmera, un poco más atrás, Santiago descansaba en el hombro de Pedro, y
él, era tan grande el sueño que tenía, que su espada se le desprendió de su mano. Pensábamos que
se iba a hacer realidad ese sueño, pero una pandemia nos obligó a posponer ese gran estreno para
más tarde. Cuánto daño hizo la pandemia, que aquel año no podía contener alguna lágrima que
iba cayendo sobre mi mejilla, cuando el reloj de mi casa, marcaba la hora en la que deberíamos
estar en la calle, cuando la primera marcha de la tarde, retumbaría por los rincones de Santa Ca-
talina. Lo único que podía hacer desde mi casa, era procesionar, pero con el corazón, recordando
buenos momentos de procesiones de años atrás, viviendo ese día como si estuviera viéndolo con
mis propios ojos.
Recuerdo aquella mañana del domingo 27 de marzo de 2022. Los estantes de la Oración
fueron convocados en la nave de la cofradía, para volver a tocar madera y que los jóvenes novatos
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