Page 158 - Rosario Corinto 11
P. 158
pudieran probar, sentir y entender lo que significa llevar este trono. Más tarde, al mediodía y ya
de vuelta en casa, una llamada algo inesperada suena en el móvil de mi abuelo, se trataba del cabo
de andas de la Oración, Manuel Martínez Espinosa, mi abuelo adoptivo. Nunca se me olvidará
esa pregunta que me hizo, “¿Quieres salir este año cargando en el paso?” En ese momento no daba
crédito a lo que estaba a punto de suceder en mi vida, el sueño de mi infancia se iba haciendo rea-
lidad, el oficio que tanto he admirado desde pequeño, al fin, yo iba a ser uno más de esa dotación
de estantes privilegiados en poder cargar en este trono, este orgullo, la insignia de nuestra familia
nazarena, pero sobre todo, la herencia de las herencias, la que un día mi abuelo comenzó, donde
continúo su legado y llevo muy orgulloso e intento defender en cada sábado de pasión, su nombre
y las grandes enseñanzas que me dio. Y aquel 9 de abril, volví a ser niño, a soñar despierto, pero
esta vez más que nunca. Aquella noche, metía el hombro y el peso de la madera notaba que recaía
sobre el corazón.
Cuando toca vestirse de nazareno, se trata de un ritual, el momento más importante para
cualquier cofrade. En mi caso, es ponerme las medias con el rostro de mi cristo arrodillado, bor-
dado en ambos lados, con unas ligas hechas por la abuela y atarse las cintas de las esparteñas a
la pierna, ya tienes ganas de ponerte bajo la vara o la tarima. Que no se olvide esas enaguas bien
almidonadas, así como el cíngulo blanco a la derecha y mi rosario con la imagen de la Fuensanta
en el lado izquierdo. En la túnica, el escudo y un letrero en el que pone “Oración”, son esas dos
cosas que van cosidas al corazón. Caramelos, huevos duros, monas y alguna que otra haba tierna,
que no falte en el buche de cualquier nazareno.
Estante al hombro y a comenzar la marcha, saliendo de la huerta murciana de la Albatalía, y
empezando a adentrarse en los barrios de San Andrés y San Nicolás, para llegar hasta una plaza de
las flores totalmente concurrida y expectante. Una vez en la puerta de Santa Catalina, siempre hay
una pequeña charla entre amigos. Algunos muy nerviosos, otros con mucha emoción, pero todos
muy alegres de poder disfrutar un año más de lo que más nos gusta.
De nuevo, su presencia vuelve a ser más fuerte, pero esta vez más que nunca. Es como una
voz que escucho, como si me estuviera invitando a pasar dentro. Y ahí está él, preparado para ser
entregado por la voluntad del Padre. Almohadillas bien amarradas en sus sitios y esperando a que
llegue la hora. El presidente dirige unas palabras a todos los cofrades para terminar en un, “¡Que
se abran las puertas de Santa Catalina, procesión a la calle!”. De repente la banda empieza a tocar
los sones de la primera marcha de la tarde. El paso comienza a deslizarse hasta la plaza donde el
pueblo. Las palmas se van doblando conforme pasa por el marco de la puerta y una vez fuera, todos
a sus puestos. Solo se oye una voz, dos toques “¡Primer toque atención, segundo toque arriba!”, y
al cielo que levantan esos 28 estantes de la Oración el paso, una levantada, para aquellos que ya no
están, en especial dos estrellas que brillan ahora más que nunca desde el cielo. La procesión puede
ser algo dura, José y Víctor lo saben, las curvas de San Pedro, el Arenal o la entrada a Belluga,
siempre son importantes. Trapería y Santo Domingo son puntos increíbles para verla pasar. Eche-
garay hasta el Romea siempre se nos hace cuesta arriba por sus estrecheces. Pero una vez en San
Bartolomé, es donde hay que meter hombro, sacar los pies para fuera y echarle corazón. Al llegar a
Santa Catalina, la ciudad te recibe entre vítores y palmas, dándote ánimos. Ese último aliento, ese
último esfuerzo, el último empujón, sacas ya hasta de donde no hay. Y un año más, se acabó. Me
despido de Él y hasta el año que viene si lo quiere así. Acabarás cansado, pero, no hay trabajo más
gratificante que ser estante y haber cumplido con tu deber una vez más.
Sábado Santo cambia completamente. La madre del Rosario llora por la pérdida de su hijo,
entrecruzando sus manos en el pecho de las que cuelga un rosario. ¿Por qué lloras María? Si Él
volverá a la vida cuando amanezca en Santa Eulalia. Tus estantes, de luto por la muerte de Jesús,
marchan en un silencio que es interrumpido por los toques de Antonio y Pedro. Una tarde llena
de luz y en el frío de las sombras, se va transformando en un calor, que proviene del público que
viene a consolar a la madre hasta su regreso a casa.
Pero, ¿Y la Paciencia? ¿Qué hacemos con ella? Gracias a Pepe y Álvaro he podido crecer más
como estante, como persona. Gracias a ellos tuve mi primera almohadilla. De ellos aprendí que las
158

