Page 178 - Rosario Corinto 11
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A través de sus ojos
Juan Luis Martínez Martínez
Son las primeras horas del Sábado de Pasión, la cofradía hermana del Amparo con “Je-
rusalén” como sintonía, ya agota sus últimos minutos en las calles y los ojos de algún
que otro penitente calan el raso del capuz por la emoción de lo vivido en la jornada,
¿así se verán los míos?
Siempre se dice que hay que disfrutar del presente, pero la cabeza solo me lleva hasta el
futuro más próximo, el día de los sueños, ese día en el que tu cofradía, esa institución que sientes
como parte de tu familia, que es familia, vivirá sus horas cumbres. Yo no sé que se verá en mis ojos,
no tengo un espejo delante para comprobarlo, pero lo que sí sé es lo que siento.
El día comienza temprano, sobre las 7 de la mañana ya hay más de un nazareno corinto
en pie que se pone manos a la obra con las labores que el día requiere. Los mayordomos son los
primeros en vestir la túnica, han saltado de la cama, más de uno sin pegar ojo, para prepararse y
sacar la convocatoria a la calle y para escuchar más de una vez eso de “¿a qué hora salís?”, “¿y de
dónde?”.
En el templo de Santa Catalina ya se está oficiando la eucaristía en honor a los difuntos
de la cofradía y a su vez los estantes y cabos de andas de la Oración en el Huerto comienzan a
confeccionar la palmera que lucirá el paso, orgullosos y emocionados por cumplir un año más con
esta sagrada tradición, que si todo va bien ya serán 28. Camisetas corporativas puestas, palmas
preparadas, dátiles escogidos, y por supuesto pastas y moscatel dispuestos que en todos los trabajos
hay tiempo para compartir.
La convocatoria de la Esperanza y sus mayordomos, con sus característicos claveles en los
cetros, ya recorre algunas calles cercanas a la plaza de Santa Catalina y los sones de la banda que la
acompañan se dejan oír por ahí. Los mayordomos de la Caridad, perfectamente vestidos forman
a los pies del monumento a la Inmaculada, y en ese preciso momento en el que suena la primera
marcha una emoción recorre el cuerpo que hasta lo hace temblar. Ahora sí, la convocatoria ha
empezado.
Y entre conversaciones de niños como si del día de reyes se tratase ahí llega Antonio,
dispuesto a “echarle mano” a la palmera y meterla en la iglesia. A ver quien es el valiente que le
dice que no porque, aunque los años pasen, los cuerpos no estén en sus mejores condiciones y las
generaciones vengan muy fuertes hay tradiciones que son imposibles de cambiar, y eso Antonio
lo sabe muy bien. En sus ojos puedes ver esa pasión y amor por lo que hace, es su momento y no
pide nada más que eso, cumplir con su tradición, y el resto que cada uno haga lo suyo, que él ya ha
cumplido, que ya no se vestirá de estante, pero siempre nos acompaña por la carrera y sufre como
nadie el no estar ahí debajo.
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