Page 179 - Rosario Corinto 11
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Los nueve tronos que procesionarán por la tarde están listos, no se ha dejado ningún de-
talle a la imaginación y ahí está él, nuestro titular, el Santísimo Cristo de la Caridad, presidiendo
la nave central del templo. ¿Qué me dirían sus ojos?, ¿sería capaz de enamorarme aún más? Seguro
que sí…

       	 “Un año mas cumpliendo con todo, ¿verdad?, ¿es momento de hacer balance? mientras sea
frente a ti capitularé las veces que sean necesarias, demasiado has hecho ya por mí y muy poco me he
entregado yo. Si, todo está bien, gracias a Dios, quiero decir, gracias a ti. Pero abre los ojos y mírame…,
separa tus brazos de esa cruz y abrázame…, pongámonos frente a frente… perdón, no se como me atrevo
a ver solo lo físico, lo tangible. Como me atrevo a convertirme en Santo Tomas y necesitar ver para creer,
señor pequé, ten piedad y misericordia de mí.

       	 Los estantes de la Oración en el Huerto tienen una cita en el almuerzo anual de la mañana
del sábado de pasión, pero se trata de algo más que sentarse a una mesa a comer y hablar de como
se espera que sea el día. Acuden todos, incluso aquellos que por la edad o por que la salud se lo
impide ya no salen en la procesión, y ahí se ven otros ojos que también hablan. Un ejemplo de ello
son los de Carmelo, que muestran ese orgullo por la continuidad que contemplan reunido entorno
a la mesa, pero también la pena de no poder compartir madera unas horas después, aunque tiene
la satisfacción de haberlo disfrutado durante muchos años.

       	 Casi no ha dado tiempo a comer cuando la casa de los abuelos reabre sus puertas después
de mucho tiempo para que la familia al completo se reúna en el hogar que tantos momentos ha
emplazado, pero que, sin duda alguna, el más importante es el que se produce cada año a cinco
días de la primera luna llena de primavera, el sábado de pasión.

       	 Es curioso como para muchas familias cofrades ese momento de reunión y en el que no
puede fallar absolutamente nadie es el día de su procesión. El sábado de pasión en mi familia se
vive como el día de la familia, se podría decir que es nuestra nochebuena, la nochevieja vendrá días
después.

       	 Y ahora es cuando la nostalgia se apodera de uno y los ojos de una madre se clavan y se
enfrentan a los de uno mismo, cuando todos los recuerdos pasan por la cabeza como una cámara
de diapositivas de esas que vemos en el cine. Y es que no se puede explicar, unos ojos llenos de emo-
ción y orgullo que hablan por sí solos, y ahí es donde muero yo. Ojos inundados de cansancio por
los preparativos de los días previos, aunque acabemos de empezar, porque solo ellas y sus cuerpos
saben el esfuerzo que han hecho. ¿Cuántas veces nos acordaremos de este momento cuando ya no
se produzca?

       Despegamos la cara de las manos de nuestras madres tras el beso de despedida, el tan repe-
tido “buena carrera hijo” y el mítico “por favor, no te hagas daño” que tampoco puede faltar. Pero
uno no se queda a merced de cualquiera, la custodia del pequeño, que ya no es tan pequeño, pasa
a ser del padre. ¿Qué estás nervioso?, no te preocupes que está papá, ¿Qué se rompe la cinta para
amarrar la almohadilla?, no te preocupes que está papá, que lleva un buen manojo en el buche, no
te preocupes que siempre está papá.

       El reloj roza la hora marcada para la salida cuando el presidente toma la palabra. Todo es
silencio, la iglesia está a rebosar, los nueve tronos forman un tétris cofrade que desafía las leyes de la
física. Es el momento de la oración por aquellos que faltan y para que el año que viene no echemos
a nadie de menos.

       Ha llegado el momento en el que después de esas palabras mágicas, como aquellas que
abrían la cueva de Alí Babá, abrirán las puertas de Santa Catalina y no habrá nada que pueda frenar
ese torrente de nazarenos corintos que invadirá las calles de Murcia. Ese momento que los ojos
quisieran capturar, ese que ansiamos vivir y que hace la espera un sin vivir, ese momento en el que
se escucha “¡procesión a la calle!” y a partir de ahí todo será un bendito sueño.

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