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Consideraciones sobre
las imágenes de vestir
Alejandro Romero Cabrera
Vestidor de imágenes e
Historiador del Arte por la Universidad de Murcia
LRealeza y humanización
os orígenes y fundamento de las imágenes en la cultura cristiana hay que situarlos di-
rectamente en los inicios de nuestra era, la era de Cristo. La Encarnación de Dios por
medio de Jesucristo, nacido de la Santísima Virgen María, es lo que da sentido teo-
lógico y sustento a este tipo de representación sagrada que sigue vivo en nuestros días, siendo una
de las notas definitorias más importantes del catolicismo respecto a otras confesiones cristianas.
Centrando nuestra atención en España y las tierras hispanas, el mundo de las representa-
ciones iconográficas adquirió carta de propia naturaleza con la aparición de las imágenes de vestir
que, frente a la corriente de pensamiento que señala que esta irrupción se dio en el barroco, viene
dando muestra de su existencia desde muchos siglos antes. Imágenes tan importantes en la historia
de España, como son Reyes de Sevilla, Rocío de Almonte, Desamparados de Valencia, Covadonga
en Asturias, Sagrario de Toledo, Asunción de Elche, Fuensanta de Murcia y un largo etcétera, co-
rroboran la segunda afirmación. Todas ellas y muchas más, son imágenes que, desde sus orígenes
(en muchos casos medievales y renacentistas), han sido ora de vestir, ora de talla, pero revestidas
encima de la misma.
El motivo de la aparición de las imágenes de vestir se podría dividir en dos facetas que se dan
en ellas por parte de los fieles: una es el deseo perenne del pueblo de Dios de sentir cercanía con las
personas divinas por medio de sus imágenes1; otra es la intención de reflejar la realeza de Cristo o
la Virgen por medio de la belleza y suntuosidad de los ornamentos que se les colocan.
¡La Virgen era sencilla!
Las imágenes sagradas son de importancia troncal en nuestra fe católica, son el nexo de
unión entre nuestra existencia terrenal y la realidad divina que representan. No son esculturas sin
más, sino algo mucho más transcendente que sirve al pueblo de Dios de pozo sin fondo de oracio-
nes y sentimientos terrenales y espirituales.
Pero, en muchas ocasiones y dentro de la misma Iglesia (y no digamos fuera de ella) se es-
cucha decir o se lee la demagógica expresión de que la Virgen era sencilla, intentando así aniquilar
un componente de nuestra cultura católica que tiene muchos siglos de antigüedad y que nos une e
identifica. Por supuesto que la Virgen María era sencilla, eso es algo completamente sabido y que
se debe seguir inculcando a los niños, pero, no por ello se debe banalizar tanto la tradición de la
ornamentación de las imágenes que, a tantas miles y miles de personas ha acercado a la religiosidad
1Las cuales, si portan ornamentos que han pertenecido a los fieles o que han sido costeados por ellos, se acercan aún más al sentir de los feligreses.
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