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Un sueño a las puertas
de Santa Catalina
Enrique Gambín López
Escritor de poesía y Profesor de Lengua en el IES Mar Menor
Voy a relatar un sueño que no sé si experimenté dormido o despierto. Creo que Pedro
Flores hubo de vivir uno similar antes de pintar aquella cúpula del Santuario de
la Fuensanta, poblada de tantos pasajes. Lejos de mí, compararme a tan grandiosa
mente y genio artístico, sirvan estas líneas tan solo para presentar aquello que pasa por la mente de
un escritor que sueña con nuestra Semana de Pasión…
Estaba en Murcia, en la plaza de Santa Catalina y me envolvía la claridad de la aurora. Po-
día atisbar una sombra en la Casa Palarea, actual museo. Para mi sorpresa, era Ramón Gaya, que
estaba realizando en un lienzo un precioso retrato de la Dolorosa de Salzillo que procesiona con la
Caridad, pues le habían encargado realizar un cartel tan hermoso como el que hiciera en los años
ochenta. Al mismo tiempo, por la plaza avanzaban los sacerdotes operarios hacia el templo para
oficiar la misa primera, estaban todos los que en las últimas décadas alzaron la Divina Majestad
en la Eucaristía. Me dijeron una “buena noticia”, al fin se había hallado el lugar exacto en el que
reposaban los restos de Nicolás Salzillo y Gallo, y por fin serían depositados a los pies del Santísimo
Cristo de la Paciencia.
Vi avanzar una muchedumbre de sabios cronistas e historiadores de nuestra tierra, entre
ellos estaban D. Javier Fuentes y Ponte, D. Pedro Díaz Cassou y D. Carlos Valcárcel Mavor. Ellos
me avisaron que en pocas horas comenzaría un nuevo pregón de Semana Santa y recuerdo que
lo daba un poeta: no sé si era Vicente Medina, Francisco Sánchez Bautista o Carmen Conde. Yo
me asombre de gozo. Me dijeron que el año anterior había subido al atril del Teatro Romea Pedro
Jara Carrillo, quién para emoción de todos había recitado la letra de su Himno a la Virgen de la
Fuensanta y también otros himnos que estaban por estrenar y de varias cofradías.
Llegada la tarde, al toque de sus campanas, marchaban varias campanas de auroros, que se
dirigían hacia la plaza de San Agustín para cumplimentar las bellas efigies de la Iglesia Privativa de
Nuestro Padre Jesús Nazareno. Decidieron detenerse en el Templo Reparador de Santa Catalina a
entonar una “Salve” ante el Santísimo Cristo de la Paciencia. Contemplé hermanos de la Aurora
venidos de Santa Cruz, Rincón de Seca, Javalí Nuevo, Javalí Viejo, Alcantarilla, las Torres de Coti-
llas y hasta de Lorca, unidos a una sola voz, con sus tonos graves y magistrales. ¡Qué momento más
hermoso! “Ave María Purísima”. Rezaron al unísono, antes de despedirse para buscar el cobijo de
esa imponente y fértil palmera datilera de “La Oración”, que custodia el cáliz señalado por el Ángel
más sublime de nuestra ciudad. Se marchaba en busca de Jesús, que habría de partir al Calvario
tras escuchar sus cantos. Yo permanecí en aquella plaza de Santa Catalina, asimilando lo ocurrido.
Después sucedió otro prodigio, a los pies del monumento a la Inmaculada, comenzó a llegar
una ofrenda de murcianos ilustres venidos de todas las épocas. De pronto, apareció el rey Alfonso
X el Sabio portando en sus manos la Imagen de Santa María del Arrixaca, contemplando cómo
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