Page 196 - Rosario Corinto 12
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había cambiado la ciudad que el reconquistó bajo el reinado de su padre, hace mil doscientos años.
           También llegó al lugar el mismísimo cardenal Luis de Belluga, con la imagen de la Virgen de las
           Lágrimas de Cabezo de Torres y el paño milagroso, junto a él iba el Conde de Floridablanca con
           un escapulario carmelitano.

                   Tras ellos siete insignes escultores portaban ramos de azucenas, para dejarlos a los pies de
           la Purísima: Nicolás de Bussy, Nicolás Salzillo, Francisco Salzillo, Roque López, Sánchez Araciel,
           Sánchez Lozano y Francisco Liza. Me dijeron que había otros muchos en nuestra Vega del Segura,
           que los quisiéramos y valoráramos porque nos ayudaban a rezar y a soñar: José Antonio Hernández
           Navarro, Antonio J. Yuste Navarro, los hermanos Martínez Cava, Antonio Castaño Liza, Alberto
           Marín Navarro y tantas otras manos llenas de unción religiosa que daban gloria a Dios con su
           trabajo. No escuché nada de aquellos grandes imagineros del pasado y del presente, pues todo lo
           pude percibir de sus obras y no fueron necesarias las palabras.

                   Comenzaron a pasar tambores sordos y carros bocina y varios ríos de túnicas de diversos
           colores pasaron delante de mí, hasta que la plaza se quedó en silencio y las puertas del templo
           abiertas. Dentro todo estaba oscuro y solo había una antorcha encendida al fondo de la iglesia. Allí
           estaba el Santísimo Cristo de la Caridad, esperando para contemplarme y hacerme entender que
           todo es bueno si lleva a su Amor y que, sin su Amor, nada tiene importancia, pues toda la vida es
           una procesión, una romería hacia su Presencia que pasa por el camarín de aquella que es Fuente
           Santa y “Consuelo de este murciano jardín”.

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