Page 65 - Rosario Corinto 12
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el Apóstol Pablo (2 Tm 1, 12).
       La confianza no es ciega, sino iluminada por la ayuda de unas «razones para creer»: el testi-

monio de Jesucristo, los Apóstoles, la comunidad cristiana, los testigos de la fe. Dios ha puesto en
nuestra vida diversos signos de su cercanía, de su presencia. Nos sale al paso a través de nuestras
relaciones con otras personas. Nos llama, incluso desde nuestro propio interior, desde lo más ínti-
mo de la conciencia.

       El que llega a encontrarse con Dios reconoce que ese acontecimiento no es fruto de su
esfuerzo, sino gracia. Se trata de acoger un don gratuito ofrecido por Dios. El encuentro personal
con Dios es, sobre todo, fruto del Espíritu Santo. Para llegar a la fe necesitamos de la plegaria;
hemos de pedir a Dios el don de la fe. Y luego, no olvidemos que la fe se asfixia cuando se contrae
la oración.

       4. Creer es compartir
       La fe no se puede vivir en solitario. Quien experimenta a Dios como Padre reconoce, al
mismo tiempo, a todos los hombres y mujeres como hermanos e hijos del mismo Dios. «Un solo
Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos» (Ef 4, 5-6). La fe se recibe, se
alimenta, se purifica, se fortalece, se celebra y se comunica compartiéndola. Todos nos necesitamos
para vivir la fe y crecer en ella.
       Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo,
como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, y debe transmitirla
a otro. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin
ser sostenido por la fe de los otros, y con mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros.
       5. Creer es amar, servir, comprometerse
       Quien conoce de verdad a Dios, el Dios de Jesucristo, ha conocido el amor, «porque Dios
es amor» (1 Jn 4, 8). Quien llega a conocer el amor de Dios responde con amor, pero no sólo a
Dios, sino también a los hermanos. De tal modo que el amor a Dios se prueba por el amor a los
hermanos, «no de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad» (1 Jn 3, 18). “La fe sin
obras está muerta” (Sant 2,17).
       Creer es relacionarse con los otros en actitud de servicio: solidarios en sus necesidades,
cercanos a sus sufrimientos, unidos en sus gozos, disculpando las debilidades y perdonando las
ofensas... Este amor de servicio no conoce límites de ningún tipo, porque «si amáis sólo a los que
os aman, ¿qué mérito tenéis? (Lc 6, 32)
       El hombre moderno tiene oídos para escuchar a testigos y buscadores de un Dios de rostro
renovado: un Dios Amigo, enamorado “hasta el extremo” de cada ser humano, servidor humilde
de sus criaturas (ha venido, en Jesús de Nazaret, “no para ser servido, sino para servir”), un Dios
con capacidad infinita para compadecerse, comprender y acoger a todos; un Dios que sufre en la
carne de los hambrientos y miserables de la tierra; un Dios que ama el hombre entero, cuerpo y
alma; un Dios que está con nosotros para “buscar y salvar” lo que nosotros estropeamos y echamos
a perder; un Dios que despierta nuestra responsabilidad, nos libera de miedos y quiere la paz y la
dicha para todos; un Dios que, lejos de provocar angustia ante la muerte, estará abrazando a cada
persona mientras agoniza, rescatándola para la vida eterna, un Dios que ama la vida, la alegría,
locamente apasionado por sus hijos, los seres humanos. ¡Qué maravilla y qué suerte poder creer
en este Dios!
       	

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