Page 68 - Rosario Corinto 12
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Caridad. El principio de todo. La síntesis de todo. En ella está cifrada toda la Ley. En ella
    se resumen todos los mandamientos: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno
    mismo, pero no de cualquier forma.

           Y tal vez resida ahí el problema porque, en el fondo, no nos sabemos amar a nosotros mis-
    mos.

           Mientras nos queden espinas, las del orgullo, el rencor, el egoísmo... o aún peor, las que nos
    convierten en nuestros más severos jueces, en los más implacables e injustos, siempre preocupados
    por encajar, por ser aceptados, por el qué dirán de nosotros, por el cómo habremos de ser vistos...
    mientras nos queden espinas, que nos distancian de Ti, las seguiremos clavando en tus sienes.

           Más si el mundo os aborrece –nos enseñaste– sabed que antes que a vosotros me aborreció a Mí.
           Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero no sois del mundo, porque Yo os
    entresaqué del mundo. Por eso el mundo os aborrece.
           Nos escogiste, nos hiciste tuyos con tu ejemplo, con tu vida entregada hasta la muerte, por
    nosotros, a quienes llamaste tus amigos.
           Tú, Santísimo Cristo de la Caridad, te convertiste en el undécimo precepto, en el manda-
    miento nuevo, que lo perfecciona todo.
           Tu eres quien otorga el verdadero y último sentido:
           «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado», del mismo modo en que yo os he amado,
    por la misma razón por la que yo os he amado.
           Porque ¿de qué nos serviría alimentar al hambriento, si lo hiciéramos tan solo para cal-
    mar nuestra conciencia, para sentirnos mejor... o para exhibir nuestras buenas acciones, prendidas
    como una insignia en la solapa de nuestra vanidad?
           ¿No sería eso tanto como utilizar al otro? ¿No sería eso convertir al prójimo en un objeto,
    cuando nadie es objeto de nadie, sino sujeto? Un sujeto hecho a tu imagen y semejanza; un sujeto
    cuya dignidad, como la nuestra, proviene de ti.
           «No es el siervo mayor que su amo. «¿Tanto tiempo que estoy con vosotros, y aún no me habéis
    conocido?»
           La paz os dejo, mi paz os doy. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.
           Perseverad en mi amor. Perseverad en mi amor...

                                                    Cristo de la Caridad,
                                                   que resumes con tu vida
                                                    en esa cruz consumida
                                                    lo que significa amar.

                   Amor que eres Caridad,
                   no dejes que mis espinas
                  me aparten de tu presencia.

    Que así sea.  Concédeme la indulgencia
                     de saber perseverar,

                    con el corazón corinto,
                   en tu manera de amar.

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