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Santa Catalina de la Caridad
Diego Avilés Correas
En la Murcia de otros siglos, la que apuntaba
al cielo sólo con sus campanarios y los mi-
radores de los conventos, la plaza de Santa
Catalina era el centro neurálgico de la ciudad.
Este lugar que durante la dominación musulma-
na ya era de los más importantes de la urbe al encon-
trarse en ella la mezquita de Hazim al Qartavanni, tomó
su verdadero realce durante la Edad Media gracias a la
tradición castellana de agrupar los fastos públicos en pla-
zas mayores.
De este modo, la plaza de Santa Catalina, obtuvo
la centralidad de cuyos vestigios seguimos viviendo. Era
el lugar donde desarrollar proclamaciones reales, juicios
públicos, reuniones concejiles y otras tantas efemérides.
Es por ello que el aire que se respira en este trocito de
Murcia viene borracho de historia y de leyenda.
Al edificarse la primigenia Iglesia de Santa Catalina, entrado el siglo XV y siguiendo los
patrones artísticos del gótico más tardío, este barrio volvió a relanzar su nombre al ser lugar de
bautismo y enterramiento de algunos prominentes murcianos de los siglos XV y XVI
La torre del templo en cuestión, fue la más alta de la ciudad durante ese siglo y desde ella se
marcaban las horas del día y se vigilaba la huerta aledaña. Hoy, la torre de Santa Catalina, acotada
y enmudecida, contempla la vida rápida de una ciudad cosmopolita que crece aprisa y se posiciona
entre las principales capitales del país.
Quienes leemos las páginas de esta publicación y nos consideramos enamorados de las suti-
les estampas cofrades de rincones y cercanía, deberíamos dar las gracias a los intereses inmobiliarios
del adelantado del reino Alonso Yáñez Fajardo por frustrar el proyecto de ensanchamiento de dicha
plaza que, hoy día, nos regala un sábado corinto recogido e íntimo, un magnífico palco desde el
que contemplar la gran mayoría de nuestras procesiones.
Pese a la transformación de la ciudad, la variedad de usos de este barrio y al progreso urba-
nístico - muchas veces desmedido, entre los años 50 y 80 del siglo XX - la plaza de Santa Catalina
continúa siendo un lugar donde se aprecia la esencia de la Murcia pretérita, donde se contempla la
vida; la vida amable, la de los paseos y reencuentros.
En los episodios históricos de este barrio, toma un importante valor el siglo XX. Y no pre-
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