Page 146 - Rosario Corinto 08
P. 146

Santa Catalina de la Caridad

                                                                                          Diego Avilés Correas

    En la Murcia de otros siglos, la que apuntaba
                          al cielo sólo con sus campanarios y los mi-
                          radores de los conventos, la plaza de Santa
           Catalina era el centro neurálgico de la ciudad.
                   Este lugar que durante la dominación musulma-
           na ya era de los más importantes de la urbe al encon-
           trarse en ella la mezquita de Hazim al Qartavanni, tomó
           su verdadero realce durante la Edad Media gracias a la
           tradición castellana de agrupar los fastos públicos en pla-
           zas mayores.
                   De este modo, la plaza de Santa Catalina, obtuvo
           la centralidad de cuyos vestigios seguimos viviendo. Era
           el lugar donde desarrollar proclamaciones reales, juicios
           públicos, reuniones concejiles y otras tantas efemérides.
           Es por ello que el aire que se respira en este trocito de
           Murcia viene borracho de historia y de leyenda.
                   Al edificarse la primigenia Iglesia de Santa Catalina, entrado el siglo XV y siguiendo los
           patrones artísticos del gótico más tardío, este barrio volvió a relanzar su nombre al ser lugar de
           bautismo y enterramiento de algunos prominentes murcianos de los siglos XV y XVI
                   La torre del templo en cuestión, fue la más alta de la ciudad durante ese siglo y desde ella se
           marcaban las horas del día y se vigilaba la huerta aledaña. Hoy, la torre de Santa Catalina, acotada
           y enmudecida, contempla la vida rápida de una ciudad cosmopolita que crece aprisa y se posiciona
           entre las principales capitales del país.
                   Quienes leemos las páginas de esta publicación y nos consideramos enamorados de las suti-
           les estampas cofrades de rincones y cercanía, deberíamos dar las gracias a los intereses inmobiliarios
           del adelantado del reino Alonso Yáñez Fajardo por frustrar el proyecto de ensanchamiento de dicha
           plaza que, hoy día, nos regala un sábado corinto recogido e íntimo, un magnífico palco desde el
           que contemplar la gran mayoría de nuestras procesiones.
                   Pese a la transformación de la ciudad, la variedad de usos de este barrio y al progreso urba-
           nístico - muchas veces desmedido, entre los años 50 y 80 del siglo XX - la plaza de Santa Catalina
           continúa siendo un lugar donde se aprecia la esencia de la Murcia pretérita, donde se contempla la
           vida; la vida amable, la de los paseos y reencuentros.
                   En los episodios históricos de este barrio, toma un importante valor el siglo XX. Y no pre-

146
   141   142   143   144   145   146   147   148   149   150   151