Page 38 - Rosario Corinto 08
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Enrique Centeno González
Es mejor reconocerlo desde el principio: no puede contenerse la gracia de María de la
Caridad y la inmensidad del amor que representa en un artículo cofrade. No hay idio-
ma que haya inventado las palabras adecuadas, ni escritor tan diestro como para saber
ponderar con justicia la grandeza de su enseñanza y significado. Me hizo ilusión el encargo, en-
hebrado por un buen amigo, de escribir sobre el grupo escultórico de las “Santas Mujeres camino
del Sepulcro” de la querida Cofradía de San Pedro de Cieza. Pero pasaban los días, y no veía cómo
afrontar el imposible de construir un armazón de líneas con la que hacer justicia a aquella Virgen
a cuyos pies me abracé hace once años para confiarle lo más importante de mi vida.Me desanimé
y me vi reducido a la categoría de trasto inútil sentado frente a un papel inmensamente blanco.
Pero tiempo después caí en la cuenta de que estaba contemplando mi impotencia ponién-
dome en el lugar de un cualquiera que me mirara desde fuera y juzgara objetivamente mi tarea…
cuando eso algo que María no haría jamás.Y se encendió una luz en la oscuridad al recordar que
Ella tiene para mí, como para todos, la mirada que tienen las madres. Desde entonces he tenido la
certeza de que lo que yo escriba hablando de Ella… será como ese garabato que cualquiera de no-
sotros enseñaba de pequeño a su madre, diciendo “mira mamá, te he hecho un dibujo”. Y la madre
ve ese monigote, con una línea curva por sonrisa y un triángulo por falda que supuestamente la
representa, y se ríe feliz, y coge el dibujo diciendo “¡qué precioso!”.
Así que, confiando en esa mirada amorosa que disculpará mi torpeza,escribo ya sin miedo
de nuestra Madre de la Caridad, eje de un grupo procesional con el que la Cofradía de San Pedro
quiso enriquecer el magno relato del Santo Entierro de Cristo que Cieza pone en la calle cada
noche de Viernes Santo. Se confiaron a un imaginero cordobés, miembro puntero de esa nueva
generación de escultores que han dado un aire de vitalidad contemporánea a la imaginería anda-
luza, sin por ello renunciar a la tradición. Para cuando los sanpedristas contactaron con Antonio
Bernal, los ecos de su arte ya se habían extendido mucho más allá de las fronteras de su patria chica,
demostrando su habilidad para la composición de grupos y evidenciando una especial sensibilidad
para narrar los episodios pasionales de forma sugerente y cautivadora.
La intención de la Cofradía y del artista iba más allá que la recreación de una sacra con-
versazione de efigies yuxtapuestas: buscaba crear un espacio de contenido y de significado donde
la lectura emocional, muy nítida y comunicativa, no obstaculizara un discurso trascendente, con
enorme valor simbólico.
Así nos presenta Bernal a María Santísima, madre misericordiosa de Caridad dispuesta
a enterrar a su Hijo, y a la vez Arca definitiva de la Alianza: no enseña la corona de Espinas del
Redentor, la cobija. Porque María, como madre de Jesús y en consecuencia Madre nuestra, es
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