Page 39 - Rosario Corinto 08
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ciertamente la preferida de Dios. Tanto, que fue elegida por su divina voluntad para ser su tercer
Arca, el Arca definitiva. La primera de esas Arcas fue la que contuvo el principio de vida… cuando
toda la Creación fue arrasada por el Diluvio, y Noé cumplió el encargo de construir una nave que
abrigara la posibilidad de un nuevo comienzo. Incontables años después, cuando el pueblo elegido
deambulaba sin rumbo por el desierto tras la salida de Egipto, el Arca de la Alianza que portaban
los hebreos y que custodiaban día y noche, contuvo la voluntad de Dios, formulada en los Diez
Mandamientos cincelados por mano divina sobre aquellas tablas de Moisés. Pero el Arca definiti-
va, la que encendió una llama de esperanza para la humanidad que aún brilla desde el faro de los
tiempos, fue María, la mujer de Nazaret, la escogida por Dios para que fuera concebido Cristo,
el propio Dios hecho Hombre. De ese Arca de la Nueva Alianza que es el seno de María nació…
el nuevo Adán, el que había de pagar la deuda del Pecado Original sacrificando su propia vida…
ante los ojos de su Madre, que ahora sostiene la Corona de Espinas, atributo de la Pasión y prue-
ba de que la deuda ha sido saldada. Y desde ese instrumento de martirio convertido en trono de
salvación que es la Cruz, que cierra el grupo, quiso Jesús dirigirse a toda la humanidad a través de
Juan para decir, refiriéndose a María, “he ahí a tu Madre”. Y señalando a María como Madre Uni-
versal, Cristo proclama en el momento de su muerte la hermandad radical de todos los hombres,
de todos cuantos vivieron, viven, y vivirán. Todos, desde aquel viejo Adán, hasta el último mortal
que haya de horadar los caminos de este mundo, somos hermanos en el regazo de María, iguales
en importancia, únicos ante sus ojos de Madre.
Nos cuenta el Evangelista que, desde aquel momento al pie de la cruz, la recibió en su casa.
Recibamos también nosotros a María, Maestra de Caridad,en nuestra casa. Hagámosle un hueco
en nuestra cotidianidad de preocupaciones, alegrías y comodidades, y que presida nuestro hogar.
Dejémonos querer por Ella, dejémonos cuidar por Ella. Confiémosle sin reservas todos nuestros
temores, nuestras angustias, nuestros anhelos. ¡Ella es el Arca definitiva! Y por eso no hay mejor
valedora de todo lo nuestro que Ella.
Dice el Señor “Pedid, y se os dará”. Pidamos al Señor, sí. Pero pidamos la intercesión de
María, que es el mejor camino. Nada hay por encima de la voluntad de Dios, pero si hay alguien
capaz de influir incluso en el designio divino, si hay alguien que puede conseguir que Dios mo-
difique su plan… Es María. Nos lo cuenta, una vez más, Juan, con claridad deslumbrante, en el
pasaje evangélico de las Bodas de Caná. Una celebración, un acto social al que Jesús, sus discípulos
y María asisten como simples invitados. Se produce un incidente doméstico, se acaba enseguida
el vino, con el consiguiente y comprensible apuro de los anfitriones. Y la Virgen rápidamente se
dirige a su Hijo, haciéndole ver que esos amigos necesitan su ayuda. Jesús se resiste, manifiesta su
rechazo a realizar ningún prodigio. Pero María insiste. No solo insiste, sino algo más: pasa a dar por
hecho que su Hijo le hará caso, sin siquiera terminar la conversación. Directamente pide a los que
están sirviendo las mesas que sigan las indicaciones que Jesús les va a dar. Y Cristo efectivamente se
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