Page 41 - Rosario Corinto 08
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como objeto de contemplación. Y esa cualidad de María de retener amorosamente los episodios
de la vida de su pequeño…, no como mero inventario de acontecimientos, sino manteniéndolos
presente en el corazón… es prototípica de una madre. Las madres son las que no olvidan, las que
guardan la memoria de sus hijos. Ninguno de nosotros somos dueños de nuestros orígenes, no los
podemos conocer por nosotros mismos, sino fundamentalmente a través de nuestras madres, que
son las que nos lo han guardado en su corazón. Por eso, cuando a la muerte de Cristolos Apóstoles
quedan huérfanos, se reúnen en torno a María, que era la única que guardaba la memoria completa
de Jesús, y a esa memoria se aferran todos los suyos con desesperación.

       Acaso alguno de los que amablemente se enreden en estas líneas, y que ya hayan hecho,
como yo, un tramo ya considerable del camino de la vida, podemos sentir ese cuidado del recuer-
do, esa memoria de lo que somos… cuando puntualmente volvemos a traspasar el umbral de la
casa materna. Si Dios nos ha concedido la gracia de conservar a nuestros padres, y concretamente
a nuestra madre, hasta una edad avanzada, al volver a su casa inmediatamente percibimos que
nuestro pasado más remoto sigue palpitando en esa morada, que lo que fuimos noha quedado
archivado en estampas marchitas… sino que siguen calientes los rescoldos de un fuego que ha sido
cuidado con esmero durante todo este tiempo. Y reconocemos en esas brasas que entibian el hogar
todo aquello que nuestras madres, como María, fueron guardando y contemplando en su corazón.

       Esa contemplación de María viene, en esta efigie ciezana de la Caridad, atravesada por el
dolor. Como Madre de Cristo, tiene tal protagonismo en su Misión redentora, y participa con un
sufrimiento tan inmenso en el Sacrificio del Cordero… que con razón muchos se refieren a la ella
como Corredentora de la Humanidad. Todas las madres sufren inmensamente por sus hijos, y sus
calamidades son puñales que atraviesan su corazón. Cómo será de inabarcable el dolor de María,
que suma a los tormentos sufridos por su Hijo Jesús el sufrimiento de todas las madres, al ser la Ella
la Madre de toda la humanidad. Qué terrible serán sus padecimientos de Madre por los horrores
de este mundo: el hambre, la miseria, la guerra, la persecución de los cristianos, la tragedia de los
que huyen de su propio pueblo, la cultura de increencia y de pecado que va apartando a generacio-
nes enteras del camino de la Salvación, el espanto sin nombre posible de tantos niños ultrajados o
el grito silencioso de incontables mujeres que viven el terror entre los muros de su hogar, válgame
el Cielo, simplemente por su condición de mujer y de madre.

       Qué no sufrirá por la calamidad sin cuento que aflige ahora mismo a todos sus hijos, a lo
largo y ancho del mundo, en este tiempo de pandemia. Incontables familias heridas por la enfer-
medad y la muerte, por la separación de las personas y la supresión de vínculos de afecto, por el
temor a que la ruina los arroje a la indigencia. Y qué no sufrirá ante la cruel situación de los ancia-
nos; tan amarga, tan inconsolable, tan espantosamente injusta; tantas veces atacados con furor por
el virus en sus residencias, y tantas otras sufriendo hasta la muerte como víctimas colaterales de la
inconsciencia o del egoísmo de otros. Tan expulsados, en fin, de la más elemental caridad.

       Por eso mismo, contemplada en este momento, ¡cómo conmueve esa representación de
Antonio Bernal de Santa María de Cleofás como una anciana, con los surcos de la vida y de la
experiencia cruzando su rostro agrietado, y solamente pendiente de auxiliar a la Virgen! Qué
magníficamente resume el cordobés esa noble disposición del espíritu de tantos mayores que hace
mucho que se olvidaron de guardar para lo suyo y procurar para su propio interés, y que ya solo
viven, y solo encuentran felicidad, en el bien de los más jóvenes. Y cómo hiere saber que esa entrega
incondicional que vemos en la mirada intensa y sabia de María de Cleofás, es tantas veces pagada,
en nuestros días, con la indiferencia, con el olvido, con la reducción a una fría contabilidad de
fallecimientos.

       Difícil evitar volver la cabeza con severidad de juicio hacia María Magdalena, que completa
el grupo agitando su impotencia nerviosa y su falta de propósito concreto. Pero suspiramos porque
sabemos que en el arrebato de una juventud que se abre al mundo como un torbellino no solo
cabe la torpeza y el egoísmo, sino también, y muchas veces al tiempo, sensibilidad y arrojo, todo a
la vez y en permanente agitación, ofreciendo lo peor y lo mejor de la naturaleza humana en espera
de que el tiempo y la madurez vayan serenando el juicio, ordenando prioridades, administran-

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