Page 40 - Rosario Corinto 08
P. 40

levanta y obra el milagro, el primero en el que manifiesta su naturaleza divina. Convierte el agua
           en vino.

                   Hay exégetas y estudiosos de los textos sagrados, con mucha más formación y solvencia in-
           telectual que yo, que quieren apreciar en este pasaje el valor simbólico de convertir el agua en vino,
           y atribuyen un significado profundo, incluso eucarístico, a esta manifestación del poder de Dios
           que reside en Cristo. Yo, desde mis profundas limitaciones, no alcanzo a ver ese significado. Y por
           eso mismo, porque no soy capaz de esa lectura profunda y teleológica, es por lo que esta anécdota
           del Evangelio, me maravilla. Porque me parece eso, una simple anécdota, un problema trivial, del
           día a día. Nada más que eso: calcularon mal los organizadores o venían los invitados con más sed
           de la esperada, qué sé yo. El caso es que se les acabó el vino. Y Cristo hizo el milagro de que hubie-
           ra más. Hasta ahí llega el asunto. ¿No es maravilloso? ¡Naturalmente que lo hizo a regañadientes!
           ¿En qué plan divino podía estar previsto dar a conocer públicamente y por primera vez su infinito
           poder… para solventar un problema de intendencia doméstica? ¡No lo estaba! Bien claro se lo dice
           en un primer momento a la Virgen, y según las palabras literales del evangelio, con un punto de
           exasperación, mirad: “Se les ha acabado el vino, ¿y a nosotros qué? Todavía no ha llegado mi hora”.
           Pero al final lo hace. Al final cambia el plan, cambia el designio, su voluntad se conmueve ante un
           deseo distinto del suyo. ¿Por qué lo hace? ¿Por dejar una enseñanza? Desde la prudencia de saberme
           ignorante, os digo que yo creo que no… yo creo que lo hace por la más elemental de las razones:
           lo hace por complacer a su Madre. Punto.

                   Busquemos siempre a María, que con razón es llamada la suprema intercesora. María es ca-
           paz de conmover al mismo Dios al punto de alterar el rumbo de su voluntad. Dios puede atender
           nuestro más desesperado ruego, aunque sea a regañadientes, como en Caná, si ese ruego viene de
           su Madre. María es, en este sentido, en verdad omnipotente. No por poder propio, por supuesto,
           sino por mediación. Una omnipotencia vicaria, que no viene de ella misma, sino de su Hijo, pero
           real, que pone al alcance de los hombres la infinita Caridad de Dios.

                   No hay, en mi opinión, palabras más bellas de los Evangelios que unas muy concretas que
           se refieren, claro, a María. Nos cuenta el Evangelista Lucas, en el relato del Nacimiento de Cristo,
           y de las circunstancias y maravillas que lo rodearon, que María “guardaba todas esas cosas, medi-
           tándolas en su corazón”.No hay un pasaje que recoja con más exactitud la disposición interna de
           María, ni una definición más pulcra de lo que significa ser la Madre de Dios. Más aún: de lo que
           significa ser Madre, sin más. “Guardar las cosas en el corazón” es, literalmente, recordar. De hecho
           la palabra corazón y la palabra recordar vienen del misma raíz latina, cor-cordis.

                   Poner algo en el corazón y mantenerlo presente a través de la meditación, de la contempla-
           ción… es precisamente recordar, y cuando ese recuerdo meditado se refiere a Cristo, como es el
           caso de María, inevitablemente se convierte en una forma oración. La Virgen en este sentido, es en
           su intimidad pura oración, al mantener esa actitud contemplativa ante los hechos santos que vivía.
           Lo fue en Belén y ahora la vemos exactamente así, al querer guardar para sí la Corona de Espinas

40
   35   36   37   38   39   40   41   42   43   44   45