Page 42 - Rosario Corinto 08
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do sensatamente la conducta, atemperando el emotivismo epidérmico para reconducirlo -en los
mejores casos, que no son pocos- a formas auténticas de Caridad. No todos los jóvenes tienen la
buenaventura infinita de la Magdalena, que se cruzó en el camino del mismísimo Redentor que la
llevó de la mano a la santidad, pero sí que tienen todos bien cerca tantas y tantas Marías de Cleofás
a las que acercarse, escuchar, cuidar y querer, verdaderos espejos en los que mirarse para nunca
dejar de aprender.
Y, entre las dos, María, la Virgen de la Caridad, que atraviesa la noche ciezana del Entierro
envuelta en su dolor sin consuelo, sobre el soberbio trono tallado por Rubio Valverde, epítome del
arte ornamental cofrade. Cuesta mirar a través de ese imponente conjunto funerario que forma el
grupo escultórico y su trono para encontrar la esperanza en la Resurrección, pero lo cierto es que
esa misma esperanza está en el epicentro del dolor, es decir, en la propia Virgen de la Caridad.
Porque María, incluso en la vivencia desgarrada de su pena, recuerda la alegría, porque la ha vivi-
do, hace tanto tiempo, en grado insuperable. Ella protagoniza el que es, quizá, el momento más
deslumbrante del Evangelio: el Magníficat. Una alabanza a Dios que brota espontáneamente de los
labios de María cuando su prima Isabel la recibe en su casa, reconociéndola inmediatamente como
Madre del Salvador. Y María, que ya llevaba a Jesús en su vientre, siente un arrebato de felicidad
irresistible y sobrevenida que solo se explica por el hecho de tener en su intimidad a Dios mismo.
Estar en presencia de Dios le produce una alegría incontrolable que se convierte en un torrente
de exaltación de la grandeza del Señor. También en ese sentido María es,ciertamente, la luz del
mundo, porque es la única que ha experimentado en vida, y ha cantado plena de gozo esa inmensa
felicidad que nos aguarda, si Dios quiere, al otro lado del velo de la muerte, cuando entremos no-
sotros también en la intimidad del Padre. Si lo que hay detrás de ese abismo que tanto nos asusta
es esa alegría de la Virgen en el Magnificat… verdaderamente no hay nada que temer.
Por eso sabemos que a la otra orilla de la vida nos espera Ella, la que nos ha acompañado
durante todo el camino. Aquella que ha ido guardando en su corazón la memoria de todas nuestras
cosas, y que ha mantenido en la morada eterna el calor de los rescoldos de todo lo que somos, para
que cuando crucemos ese umbral reconozcamos nuestro hogar y nos sintamos, al fin, en Casa.
Aquella que saldrá a nuestro encuentro, antes que nadie, para estrecharnos en su regazo y darnos la
bienvenida. Aquella a la que ahora entrego este garabato de palabras mías diciendo “mira, Mamá,
te he hecho un dibujo”. Ella, María, la Madre de Dios, nuestra Madre…, la rosa de la Cofradía de
San Pedro de Cieza, la Santísima Virgen de la Caridad.
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