Page 37 - Rosario Corinto 10
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Por la gratuidad y misericordia de su amor, Dios ama a las ovejas descarriadas (cf Mt 15,24
y Lc 15,4-7), a los pecadores y los enfermos (cf Lc 5,31ss), a los perdidos (cf Lc 19,10), en una
palabra, a los últimos, a aquellos que nadie ama (cf 1 Cor 1,27s.) Nunca nos deja solos.

       Este amor misericordioso del Padre es el contenido de la revelación del Hijo: “La revelación
del amor misericordioso del Padre, ha constituido el núcleo central de la misión mesiánica del Hijo del
hombre (Juan Pablo II, DM, 13).

       Eternamente Dios era Padre, era el Padre del Hijo. Y en el Hijo él nos imaginó como hijos
e hijas suyos y por tanto como hermanos y hermanas del Hijo. Desde siempre estábamos en el
corazón del Padre. Allí están nuestras raíces. Nadie las puede arrancar. Es fascinante saber que exis-
tíamos antes de existir, que estábamos en la mente del Padre, que hemos sido eternamente amados.
“Con amor eterno te amé, por eso te he mantenido mi favor” (Jer 31,3). “Aunque se retiren los montes,
no se apartará de ti mi amor, ni mi alianza de paz vacilará” (Is 5,10; cf.49,15)

       Jesús revela-manifiesta ese amor de Dios con preferencia por los pobres: “Me ungió para
evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la
vista; para poner en libertad a los oprimidos...”(Lc 4,18ss).

       Es un amor, decía Juan Pablo II, de presencia, encarnación y contacto; un amor que se ma-
nifiesta particularmente en el contacto con el sufrimiento, la injusticia y la pobreza, en el contacto
con la “condición humana” histórica que, de distintos modos, manifiesta la limitación y la fragili-
dad del hombre, física o moral. Amor que en la Biblia es llamado “misericordia” (“Dios de ternura
y de gracia, lento a la ira y rico en misericordia”: Ex 34,6). Es el amor reflejado en la parábola del
buen samaritano. Dios nos ama así: Aunque los demás pasen de largo, Él no nos abandona.

       Es un amor indefectible, un amor que no se retiró ni ante la cruz. Ahí precisamente nos dio
la prueba definitiva: Dios “no perdonó” a su Hijo, en bien del hombre (Rom 8,32).

       Junto al inocente que muere, solidario con él y en él, está el Dios de la cruz: el Dios cercano,
el Dios que ha hecho suyo el dolor del mundo para darle sentido y consuelo.

       Este Dios cercano llama a todos a transformar el dolor en amor, a ayudar a los demás a
llevar la cruz y a combatir las causas inicuas del sufrimiento humano donde y como quiera que se
presenten.

       Cristo en su pasión y cruz no encontró misericordia humana, pero en la resurrección el
Padre reveló el amor total que tenía por El y, en El, por todos los hombres. Por eso, podemos decir
“¿quién nos separará del amor de Dios?” Nadie ni nada. (Rom 8,35ss).

       ¿Cómo vivir el amor de Dios? He aquí un magnífico ejemplo:
       Planes de fuga
       “El prisionero de un campo de concentración temía tener que tomar una decisión o cual-
quier otra iniciativa... A veces era preciso tomar decisiones precipitadas que, sin embargo, podían
significar la vida o la muerte. El prisionero hubiera preferido dejar que el destino eligiera por él.
Este querer zafarse del compromiso se hacía más patente cuando el prisionero debía decidir es-
caparse o no escaparse del campo. En aquellos minutos en que tenía que reflexionar y decidir –y
siempre era cuestión de unos minutos- sufría todas las torturas del infierno. ¿Debía intentar esca-
parse? ¿Debía correr el riesgo? También yo experimenté ese tormento. Al irse acercando el frente
de batalla, tuve la oportunidad de escaparme. Un colega mío que visitaba los barracones fuera del
campo cumpliendo sus deberes profesionales quería fugarse y llevarme con él...
       En el último instante surgieron ciertas dificultades técnicas y tuvimos que regresar al campo
una vez más. Aquella oportunidad nos sirvió para surtirnos de algunas provisiones, unas cuantas
patatas podridas, y hacernos cada uno con una mochila. Entramos en un barracón vacío de la
sección de mujeres...
       Mientras yo hacía de pantalla, mi amigo entró en el barracón y al poco volvió trayendo una
mochila bajo su chaqueta. Dentro había visto otra que yo tenía que coger. Así que cambiamos los
puestos y entré yo...

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