Page 38 - Rosario Corinto 10
P. 38
Volví corriendo a mi barracón y reuní todas mis posesiones... Pasé una última visita rápida
a todos mis pacientes que, hacinados, yacían sobre tablones podridos a ambos lados del barracón.
Me acerqué a un paisano mío, ya casi medio muerto, y cuya vida yo me empeñaba en salvar a pesar
de su situación. Tenía que guardar secreto sobre mi intención de escapar, pero mi camarada pareció
adivinar que algo iba mal (tal vez yo estaba un poco nervioso). Con la voz cansada me preguntó:
“¿Te vas tú también?” Yo lo negué, pero me resultaba muy difícil evitar su triste mirada. Tras mi
ronda volví a verle. Y otra vez sentí su mirada desesperada y sentí como una especie de acusación.
Y se agudizó en mí la desagradable sensación que me oprimía desde el mismo momento en que le
dije a mi amigo que me escaparía con él. De pronto decidí, por una vez, mandar en mi destino.
Salí corriendo del barracón y le dije a mi amigo que no podía irme con él. Tan pronto como le dije
que había tomado la resolución de quedarme con mis pacientes, aquel sentimiento de desdicha
me abandonó. No sabía lo que traerían los días sucesivos, pero yo había ganado una paz interior
como nunca antes había experimentado... Volví al barracón, me senté en los tablones a los pies de
mi paisano y traté de consolarle; después charlé con los demás intentando calmarlos en su delirio”.
(V. Frankl, El hombre en busca de sentido, pp. 62-63)
Que los miembros de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Caridad, seáis testigos auténti-
cos y alegres del amor incomparable de nuestro Cristo.
38

