Page 112 - Rosario Corinto 11
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escenas a los desfiles pasionales, máxime tras los cambios que en la Liturgia de la Semana Santa se
instauraron en 1955 con la publicación por Pío XII del ‘Ordo Hebdomadae Sanctae instauratus’,
el Novo Ordo, ratificados después por el Concilio Vaticano II.
Desde la Edad Media la Iglesia debía celebrar sus ritos de Semana Santa en los mismos días
de la semana y a las mismas horas del día en que tuvieron lugar los misterios sagrados para evitar
“detrimento del sentido litúrgico o confusión entre las narraciones evangélicas y las representacio-
nes litúrgicas respectivas“.
Es evidente que una aplicación rigurosa de esos preceptos hoy día limitaría casi la totalidad
de las procesiones con las escenas evangélicas que representan al Viernes Santo.
Pero aunque todo eso cambió no lo hizo el color, el que la Iglesia atribuye a cada tiempo
litúrgico. ¿Alguien imagina lo que sucedería si un sacerdote decidiese celebrar una eucaristía con
una casulla de un tiempo diferente al que corresponde simplemente por su gusto personal?
Sin embargo, sí vemos con cierta normalidad que una imagen sagrada se revista con una
túnica de un color diferente al momento que representa, o que un paso “nos diga” con sus flores
algo diferente a lo que “nos dicen” las imágenes que porta.
Es evidente que hay muchos condicionantes, pero no está de más conocer el significado y el
mensaje que la Iglesia ha establecido para cada uno de los colores. Evidentemente, en un artículo
de esta extensión, la descripción no pasa de un resumen muy esquemático, y que cada uno de
ellos daría para un monográfico. El verde es el color del “tiempo ordinario”, en que Cristo se hace
presente y guía a su Iglesia por los caminos del mundo. La iconografía le otorga un significado de
renovación espiritual, y lo hace presente en las túnicas y mantos de los profetas, de los evangelistas.
No aparece en las imágenes de Cristo y, como color de esperanza, en los mantos de la Virgen de
esta advocación.
El blanco es un color de alegría, de paz, de luz. Es el color de la Pascua, cuando Cristo ha
nacido o ha resucitado, y en las festividades del Señor no relativas a la Pasión. También es utilizado
en las fiestas en honor de la Virgen, de los santos que no fueron mártires y en las de los santos
Ángeles y Arcángeles. Es el color de la pureza, de la paz, de la castidad, de la vestimenta papal, el
alba de los sacerdotes y de los ornamentos litúrgicos.
Quizá por tan prolija descripción, se presta también a otros usos, configurados a lo largo de
los siglos y recogidos por la Iglesia. Uno muy destacado sería el empleo de la túnica blanca en una
imagen de Cristo durante la Pasión, donde no corresponde su empleo salvo -según establece Juan
XXIII- en dos momentos concretos: la instauración de la Eucaristía o su presencia ante Herodes,
que lo mandó vestir de blanco para despreciarlo, pues en el mundo hebreo ese color estaba reser-
vado a los enajenados mentales peligrosos.
Como símbolo de pureza, la Virgen la lleva en su túnica en muchas advocaciones, como la
de Virgen de la Soledad, que surge en el siglo XVI y se ajusta al luto castellano, regulado por ley.
El tercer color en los tiempos litúrgicos es el morado, el del Adviento, el de la Cuaresma. Es
un tiempo de espera, de preparación, de austeridad, humildad. Es el color de los actos penitencia-
les y en la iconografía de la Semana Santa se ha asociado al recorrido del Vía Crucis, a las represen-
taciones de Cristo -o a los pasos- que muestran desde la Condena por Pilato a la llegada al Calvario.
No es un color habitual en la iconografía concreta de una advocación mariana, ni de los
santos.
Por contra, el rojo, el color de la sangre, del martirio, del sacrificio y también del amor y
la caridad, la Iglesia lo reserva para las misas del Espíritu Santo, las de la Pasión y de los mártires
(también en las celebraciones de los Evangelistas, que ya tenían asociado iconográficamente el co-
lor verde). También es el color de la vestimenta cardenalicia, pues al ser creados se comprometen a
derramar su sangre si fuera necesario.
En Semana Santa se ha ido asociando por lógica, a las representaciones del Calvario, tanto
en el exorno floral como a su presencia en la iconografía de la Virgen Dolorosa. Del mismo modo
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