Page 113 - Rosario Corinto 11
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lo encontramos en muchas ocasiones cuando la imagen de Cristo representa la Pasión en su más
amplio concepto.
Además de estos cuatro colores -los más empleados en la Liturgia católica- la Iglesia emplea
para ella otros cuatro más.
El rosa es el color de la alegría, de que la penitencia y el ayuno llegan a su fin. Es el color
del domingo de Gaudete y del de Laetare. Aunque se emplea en muchas ocasiones en imágenes -y
exornos- de la Virgen Dolorosa parece que sería más lógico el empleo del rojo, reservando el rosa
para momentos de alegría, de gloria.
Por el contrario el azul, el “del abrazo del cielo” sí es un color que asociamos a la Virgen.
La Dolorosa lleva túnica roja, en el Calvario, en la Pasión, y un manto azul. Pero sería erróneo
pensar que es el color que debe emplearse en todas las celebraciones de la Virgen. El color de las
celebraciones de la Virgen es el blanco, y sólo España (y sus antiguos territorios) tienen el privile-
gio de utilizar el azul en fechas concretas: la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María,
su octava, “y los sábados en que se utilice esta misa votiva, aun cuando no se corresponda con el
color propio del tiempo litúrgico”. La Iglesia contempla algunas -pocas- excepciones más, pero en
el resto del mundo su uso está terminantemente prohibido.
El negro dejó de ser el color de los ornamentos litúrgicos en las misas de difuntos, y aunque
sigue estando autorizado (Instrucción General del Misal Romano para la Conmemoración de los
Fieles Difuntos y para las Misas de difuntos, n. 346) no es lo común. Es el color de la muerte, un
color que cuenta con un largo historial sobre la dificultad de su uso a lo largo de los siglos -por el
alto precio de estos tejidos-, considerado elegante y que en Semana Santa suele encontrarse tan solo
en el manto de la Virgen de la Soledad.
Otro posible tema de amplio debate sería el de su uso “para vestir de luto” las imágenes, una
cuestión que ha protagonizado diversas controversias sobre la conveniencia de cambiar la icono-
grafía de una advocación.
El último de los colores que podríamos encontrar en una casulla u ornamento litúrgico es el
dorado (no confundir con el amarillo). El dorado es divinidad, es majestad. Aunque no es habitual
puede encontrarse en celebraciones de especial solemnidad como la Misa de Gallo o el Domingo
de Resurrección, y el Santo Padre lo emplea en la apertura de grandes eventos (Años Santos, Jor-
nada Mundial de la Juventud…).
En Semana Santa es interesante el contraste entre majestad y divinidad que nos han mos-
trado escultores como José Capuz y González Moreno, con la majestad en la corona dorada que
suele colocarse sobre las imágenes y la divinidad que irradia de su interior, en el interior del manto
de alguna talla mariana.
Es importante el matiz de que dorado no es igual a amarillo, un color que se asocia a la
envidia y que está presente en la iconografía de Judas Iscariote.
Este breve recorrido, susceptible de numerosos matices y un mayor desarrollo, puede in-
vitarnos a reflexionar sobre todo aquello que ha dispuesto la Iglesia a lo largo de los siglos y que,
parece lógico, debiera prevalecer hoy sobre apreciaciones o deseos personales que, en ocasiones,
parecen contradictorios con una aplicación fiel de las manifestaciones litúrgicas.
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