Page 114 - Rosario Corinto 11
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Los vencejos del arenal

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    L A Antonio Burgos, in memoriam
                          a primavera llegaba a la ventana mediante colores rojos con azules de un crepúsculo
                          perezoso, tardío y parecía que agradable. Por esa ventana no solo entraban colores,
                          sino que también entraban sonidos. Sonidos de los vencejos que daban la bienvenida
           a la nueva estación. Para el niño, el canto de esos vencejos era siempre el mismo, pues estos se
           quedaban año tras año para poder disfrutar de esta ciudad en primavera. Los vencejos de siempre,
           los mismos que vieron todas las primaveras para poder disfrutar y anunciar lo que vendrá, que será
           lo más grande del año.
                   El canto de las aves de la primavera llegaba mezclado con un sonido que también anunciaba
           la primavera; sonidos de tambores y cornetas lejanos, apenas eran audibles, pero se reconocían
           enseguida. Para el niño estos sonidos y esos colores del cielo representaban el cambio de todos los
           años. El cambio de la magnífica oscuridad del invierno a la preciosa claridad de la primavera.
                   Los primeros recuerdos que aparecen de la Semana Santa son muy lejanos y pocos. Pero
           muy vívidos. Un niño sentado en una sillita de madera, con la mirada perdida en el suelo, con una
           bolsita de plástico. Al contrario de los otros niños, con sus grandes bolsas abiertas y preparadas
           para que cayese cualquier presente, este niño la tenía arrugadita entre sus tímidas manos. Tímidas
           como sus ojos que, al mirar solo al suelo, veían pasar los pies descalzos debajo de una túnica. Era
           un desfile infinito de túnicas, era constante y lento, muy lento, hasta que, a lo lejos, el sonido de
           esos tambores, que escuchaba desde hace unas semanas, aparecía de forma más nítida. Ya podía di-
           ferenciar qué es lo que se oía. Las túnicas de los pies descalzos cesaban. Daban paso a unas piernas
           vestidas con unas alegres medias con todo tipo de bordados, rematadas con un calzado que al niño
           le parecían zapatillas. Era muy llamativo, era muy alegre, acorde a los sonidos y colores que el niño
           tenía por característico de la primavera.
                   Las medias daban paso al crujido de la madera, a los estantes bastoneando en el suelo caden-
           temente, un sonido inconfundible. Ese crujir de madera y bastoneo en el suelo hacía desaparecer
           todo el algarabío de alrededor. Terminada esa magia, volvían las voces de siempre y aparecía el
           sonido de tambores, que antes era lejano, anunciador; ahora atronador, solemne, emocionante.
           Solo miraba el niño hacia arriba para ver si los vencejos estaban también allí viendo y escuchando
           algo tan maravilloso como aquello. Y sí, allí estaban.
                   Allí estaban, y todavía están. Son los mismos que le escribían cartitas a Antonio Burgos,
           pues él se dio cuenta de que, entre sus aleteos y sus alegres cánticos, le anunciaban la semana más
           grande del año. Aquellos que se quejaron a Bécquer, diciéndole que son ellos los que con sus zi-
           gzagueantes chirridos le cantan esa nana de espinas al Señor. Y que los ignoró y dijo que los que
           colgaban en aquellos balcones sevillanos eran las golondrinas, y no los humildes vencejos. Ellos
           ya no pueden escribir al maestro, pero aún siguen anunciado a aquel niño, mediante sus alegres

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