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Agustín Alcaraz Peragón
Historiador del Arte
Comisario de la Cofradía Marraja de Cartagena
Las procesiones son una narración en la calle de la Pasión, Muerte y Resurrección de
Cristo. Ésta es una afirmación muchas veces repetida y completamente cierta, pero
que nos debe invitar a profundizar en ella, tanto en el aspecto puramente evangélico,
en el duro sacrificio de Cristo y en su victoria sobre la muerte, como en lo que podríamos deno-
minar la puesta en escena: la iconografía, los significados, incluso los colores que se emplean en
cada momento.
Que la Iglesia da importancia a estos últimos es algo evidente. Los colores tienen signi-
ficado, un simbolismo. La Iglesia los asocia a los tiempos litúrgicos. La iconografía los asocia a
imágenes o advocaciones:
“La diversidad de colores […] pretende expresar con más eficacia aún, exteriormente, tanto el
carácter propio de los misterios de la fe que se celebran, como el sentido progresivo de la vida cristiana en
el transcurso del año litúrgico”. Misal Romano, 345.
Hay cuestiones que hoy consideramos como habituales y que sin embargo fueron fruto de
un largo debate que en ocasiones duró siglos y que implicó la participación de los más destacados
padres de la Iglesia.
Hasta el Concilio de Éfeso, en el año 431, María no fue considerada Madre de Dios y no
sólo Madre de Jesús. El dogma de la Inmaculada debió esperar hasta 1854.
Para la Iglesia el empleo del color, de las formas, de la iconografía no sólo tiene una finalidad
en la representación fidedigna de una imagen o en que en cualquier lugar del mundo sea posible
identificar a una determinada advocación.
Todos conocemos que el color es fundamental en los tiempos litúrgicos, pero va más allá
cuando afirma que “Solamente el aspecto técnico de la obra depende del pintor. Todo su plan, su
disposición depende de los santos Padres” (Concilio de Nicea, año 787). Y por si alguien pudiera
pensar que esto es algo que quedó ya muy atrás al haber transcurrido más de doce siglos desde
entonces, el último concilio celebrado, el Vaticano II vuelve a incidir sobre ello (San Juan XXIII,
Motu Proprio Rubricarum Instructum, 1960).
Así pues, las cofradías somos Iglesia, y ajustarnos a una iconografía determinada, al correcto
empleo de los colores con que vestimos una imagen, adornamos un altar o un paso, los símbolos
o nombres que empleamos en cada una de nuestras insignias o ceremonias tiene evidentemente
diferentes posibilidades… siempre y cuando no nos apartemos de aquello que dictaminó la Iglesia
tras largos y profundos debates, tras un estudio que está en nuestra obligación respetar y cumplir.
Son muchos los aspectos que se prestan al debate. Desde si una imagen puede alterar su
vestuario sin que por ello lleve a confusión sobre su advocación a la incorporación de determinadas
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