Page 166 - Rosario Corinto 11
P. 166
por los franciscanos, mientras estos elegían guías de confianza para garantizar un viaje seguro. El
peregrinaje a Tierra Santa, una travesía que ha cautivado a creyentes a lo largo de la historia, no
solo implicaba una jornada espiritual, sino también la meticulosa preparación física y emocional
de aquellos que ansiaban recorrer los lugares sagrados. La confesión general era el primer paso
crucial, ya que aseguraba que el alma estuviera purificada y lista por si acaecía la muerte durante
el trayecto. Algunos peregrinos, conscientes de los peligros, disponían testamentos, preparándose
para cualquier eventualidad en el camino. La encomienda del viaje a personas devotas y la escucha
de varias misas, formaban parte de los rituales previos al peregrinaje para asegurarse la viabilidad de
emprender el ansiado camino o no. Por otro lado, y así lo reflejan los diarios de viaje, se buscaba un
perfil de peregrino en el que la fortaleza y la firmeza fueran requisitos esenciales, ya que el camino
atravesaba países de infieles y la “tentación del demonio” acechaba en cada paso, afirmaban.
Los libros del siglo XVII ya nos indicaban que los preparativos materiales para el peregrinaje
eran igualmente cruciales. La elección de la ropa desempeñaba un papel fundamental, optando
por atuendos modestos y poco suntuosos para no atraer la atención no deseada, especialmente de
los turcos. La discreción era clave, y mostrar signos de riqueza podía poner en peligro la seguridad
del peregrino. Lo que sí se recomendaba era llevar un Santo Rosario, no solo como un símbolo de
fe, sino también como una herramienta de protección en los cuantiosos momentos de peligro que
podían acaecer.
Desde la muerte y resurrección de Cristo las peregrinaciones comenzaron, aún más tras
el martirio de Esteban, pero no florecieron hasta el siglo IV, impulsadas por la libertad de culto
promulgada con el Edicto de Milán en el 313. La figura de santa Elena, madre del emperador
Constantino, desempeñó un papel crucial en la historia de los peregrinajes. Se dice que, en el año
326, descubrió el Santo Sepulcro y la cruz en la que Jesús fue crucificado, así como otros santos
lugares con la correspondiente construcción de templos, que se cuantifican en más de 500, y la
recopilación de todas las reliquias encontradas. Este descubrimiento monumental dio un impulso
sin precedentes a las peregrinaciones, atrayendo a fieles de todo el mundo cristiano. El llamado
Peregrino anónimo de Burdeos, en el año 333, dejó el primer testimonio detallado de su aventura,
marcando el inicio de una tradición que perdura hasta nuestros días con la literatura de viajes.
Las paradas del peregrino:
Siguiendo los relatos de los viajeros del siglo XVI y XVII, tras aquella larga travesía por el
Mare Nostrum, el peregrino desembarcaba en el puerto de Jafa. El antiguo puerto de Jafa se le-
vantaba como la puerta marítima a la sagrada Tierra Santa. Con una historia que se remonta a la
antigüedad, este puerto ha sido el punto de inicio y llegada para innumerables peregrinos que, a lo
largo de los siglos, han anhelado pisar la tierra donde la historia bíblica cobraba vida. Jafa, también
conocida como Jope o Yafo, cuenta con una historia que se entrelaza con relatos bíblicos y leyendas
antiguas. Fundada por Jafet, hijo de Noé, se menciona en las Escrituras como el lugar donde el
profeta Jonás embarcó para su famosa travesía marítima, o según el relato mitológico donde Perseo
recató a Andrómeda de las fauces del dragón. Además, es el puerto donde el rey Salomón importó
los cedros del Líbano para construir el Templo de Jerusalén.
El peregrino iba avanzando hacia el interior hasta llegar al monte Nebo, en las tierras de Jor-
dania, lugar desde el cual vio Moisés la Tierra Prometida antes de morir, y donde hasta el siglo XX
los peregrinos visitaban la fuente de Moisés que dio de beber al sediento pueblo salido de Egipto.
A día de hoy dicha fuente se encuentra en situación de abandono, siendo visitada otra más cerca
de Petra a la que atribuyen ser la que Moisés hizo brotar. Quizá se trate de un acomodamiento, al
encontrarse esta última en la ruta camino a la ciudad de los nabateos.
Muchas de las peregrinaciones, tras cruzar el Jordán, continuaban hacia Nazaret y la zona
del Mar de Galilea. En la tierra de Nazaret, entre colinas ondulantes y campos dorados, se encuen-
tra aquella ciudad que lleva consigo el peso de la divinidad. El lugar donde el Verbo se hizo carne,
se convierte en un destino sagrado para peregrinos en busca de la esencia misma de la Encarnación.
Todos los viajeros sabían que había sido el hogar de la Sagrada Familia y el escenario donde María
recibió la visita del Arcángel Gabriel. Su paisaje tranquilo y sus callejuelas empedradas creaban el
166

