Page 167 - Rosario Corinto 11
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telón de fondo perfecto para una experiencia espiritual única. Allí se alza la Basílica de la Anuncia-
ción, durante siglos, a pesar de la destrucción de sus anteriores templos, ha permanecido la casa de
María, en ella, los antiguos viajeros podían ver un par de columnas que representaban a Gabriel
y María. En la actualidad, el gran templo contemporáneo que se alza, juega con la simbología
del número ocho y las estrellas de la Virgen, hablando de una eternidad que pasa primero por la
intercesión de María. La tierra de Caná, Cafarnaúm, Magdala y las aledañas al Mar de Galilea,
muestran con rotundidad la cultura en la que estaba sumida toda la Tierra Santa, la helenística. Se
trataba pues de una sociedad romanizada pero helena. El griego era el idioma de esas tierras con-
quistadas por los romanos, e incluso las sinagogas estaban levantadas en mármol, cuyas cubiertas se
sustentaban con columnas de órdenes clásicos. Es patente, que la helenización estaba presente en el
día a día de los habitantes de Galilea y el resto de Israel en tiempos de Jesús. No es extraño encon-
trar en diversas ciudades representaciones griegas, o el famoso nilómetro que, lejos de representar
una memoria de Egipto, se trata de un símbolo egipcio helenizado para hablar de una simbólica
prosperidad, al igual que lo eran las crecidas del Nilo.
Por otro lado, Belén, era la ciudad que albergaba el escenario del misterio del nacimiento
de Jesús. Desde la Basílica de la Natividad hasta la Escuela de San Jerónimo, cada rincón respira
la esencia de una historia que trasciende el tiempo. Los relatos de los viajeros coinciden en que se
trata del lugar donde más devoción y paz han experimentado, creyendo que “no hay otro lugar en
el mundo igual que este”. La basílica bizantina, conservada casi en su totalidad, muestra sus mo-
saicos riquísimos que nos hablan de los concilios de la Iglesia. El único acceso a la nave principal,
muestra la conocida puerta de la humildad, muy baja de altura, para evitar la entrada de turcos a
caballo. Debajo de estas trazas de templo marcadas en tiempos de santa Elena, se encuentra la gruta
de la Natividad donde una estrella de catorce puntas, marca el lugar del Nacimiento, y el pesebre
se resguarda, curiosamente hacia poniente, para evitar el viento gélido de la tramontana.
Inmediatamente, el peregrino comenzaba la última fase del viaje, hacia Jerusalén. Se trataba
de una de las ciudades más antiguas del mundo. A través de sus murallas centenarias, la ciudad
ha sido testigo de conquistas, destrucciones y resurrecciones, consolidándose como el epicentro
espiritual de varias religiones, así lo percibían ya los peregrinos medievales, e incluso eran bien
recibidos por las autoridades musulmanas, aunque hubiese determinados percances con los ciu-
dadanos turcos. La Puerta de Damasco, conocida como la Puerta de los Peregrinos, sigue siendo
la entrada simbólica. Durante siglos todo peregrino debía entrar por esa puerta. En origen, la
ciudad de Jerusalén tenía doce puertas, al igual que el relato bíblico afirmaba esas doce puertas en
la Jerusalén Celeste.
Junto a la puerta de Sión, el monte del mismo nombre se erige como un testigo silente de
innumerables eventos históricos y espirituales que han dado forma a la ciudad sagrada. En lo más
alto del Monte Sión, se encuentra el Cenáculo, la sala donde Jesús celebró la Última Cena. Esta
ubicación única se convirtió en la primera iglesia del mundo, donde la Virgen María, los apóstoles
y otros fieles se reunieron en oración hasta la llegada de Pentecostés. Cuentan los relatos que la
Virgen María comulgaba a diarios a manos del apóstol san Juan. El Monte Sión también es el lugar
de descanso final de reyes bíblicos, como David y Salomón. Sus tumbas, según la tradición, yacen
bajo el Cenáculo, de estilo gótico cuya simbología representada en los capiteles muestra al pelícano
extraerse sangre de su pecho para alimentar a sus crías, una alusión directa no sólo a la institución
de la Eucaristía, sino también al sacrificio derivado. La Iglesia de la Dormición, dedicada a la Asun-
ción de la Virgen María, y la Sinagoga de la Tumba del Rey David coexisten, creando un mosaico
religioso único que testimonia la convivencia pacífica de diferentes tradiciones.
Saliendo por la puerta Dorada, tapiada por una leyenda revelada a un musulmán en la que
se vaticinaba que los cristianos recuperarían la ciudad entrando por esa puerta, se llega al Valle de
Josafat. Junto a él se encuentra el monte de los Olivos con el Huerto de Getsemaní, un lugar de
profunda trascendencia espiritual donde los peregrinos del siglo XVII experimentaban oleadas
de conversión y sentían, según testimonios, la expiación de sus pecados dentro de la gruta donde
Jesús oró y veló en profunda angustia. Cuentan las crónicas que aquella cueva tenía pintadas es-
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