Page 168 - Rosario Corinto 11
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trellas en su claro techo de piedra, algo que tras la desaparición de este espacio se ha recreado en
la nueva iglesia que ocupa ahora este lugar trazada por el inmortal Antonio Barluzzi. El Huerto de
Getsemaní también sirve como punto de partida para el camino que lleva a la capilla octogonal
–símbolo de vida eterna- de la Ascensión. Allí los barrocos peregrinos afirmaban que podía verse
una de las huellas del pie de Cristo. Durante los primeros siglos otros viajeros testimoniaban que
estaban ambos pies, sin embargo narran en sus escritos que los musulmanes habían cortado la roca
por la mitad, aludiendo que la otra huella era de Mahoma, y fue llevada del lugar.
Pero, sin duda, lo que suponía el centro y el eje de toda esta peregrinación era ir al lugar
más importante del mundo: el Santo Sepulcro. Los viajeros del siglo IV ya decían que tenían
“deseo de besar el lugar donde había resucitado el Salvador del mundo”. Lo primero que se encon-
traban era una iglesia que suponía una obra sin precedentes. Constantino mandó hacer aquella
iglesia teniendo en cuenta que debía abordar dos lugares distintos y próximos entre sí: el Gólgota
y el Santo Sepulcro. De esa manera, se levantó una basílica paleocristiana, que poseía tras de sí una
gran rotonda, la Anástasis: el lugar de la resurrección de Cristo. Por otro lado, una capilla en uno
de los laterales de la basílica mostraba el lugar de la crucifixión tras subir a través de una escali-
nata estrecha. Sin embargo, el lugar trascendental era aquella rotonda, que emulaba las trazas del
Panteón de Roma, con una planta circular que simbolizaba la eternidad de un Dios que no tiene
principio ni fin, y a su vez un canto al lugar donde la vida venció a la muerte, una vida que no se
acaba. Sin embargo, la simbología seguía jugando sus cartas a través del juego de los elementos sus-
tentantes, tríos de columnas, cuartetos de pilares, multiplicaciones en las cuales los números 3, 4, 8
y 12 formaban parte de esa lectura simbólica que sustentaba toda una fe a través de sus referencias
numerológicas a la trinidad, a los evangelios, a la resurrección y a los apóstoles. Son muchas las
anécdotas de los peregrinos que pudieron besar el sepulcro, entre ellas la de un peregrino a finales
de la Edad Media que, postrado ante la tumba del Señor exclamó “ya no me queda nada por ver
en esta vida” y falleció dulcemente en aquel lugar.
Estos relatos forman parte de la literatura de los viajes, extensa y rica, que llegó incluso a
ser más consumida que la de los exóticos viajes de ultramar que narraban las maravillas de recién
descubierta América. Sin duda, estos relatos siguen vigentes, sirviendo de crecimiento espiritual y
cultural a los numerosos peregrinos que en la actualidad tienen la oportunidad de hacer “el viaje
de su vida” con la Cofradía del Santísimo Cristo de la Caridad.
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