Page 187 - Rosario Corinto 12
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y la huerta. Plagas, pertinaz sequía, terremotos y continuas escaramuzas sumieron a la ciudad en
un estado de penuria muy grande. El hambre asoló la ciudad, siendo cientos de personas los que
murieron a causa de la falta de alimentos. Hasta el punto de que se dictó un bando de “buen go-
bierno” por parte del Concejo para intentar frenar los asaltos y asesinatos que se producían en sus
calles, especialmente de noche, buscando comida en las casas de los vecinos o en cualquier lugar
donde se tuviera constancia que podía haber algún tipo de alimentos. La ciudad estaba sumida en
un absoluto caos. Por este motivo y viendo que incluso, en pleno día, se atacaba en las calles menos
transitadas de la ciudad se ordenó controlar las puertas de la muralla y cerrar incluso algunas de
ellas.

       Entrar en Murcia se hizo muy difícil por los controles que se hacían a todos aquellos que
llegaban. Así mismo se dio orden de prender a todo aquel que encontraran las rondas en las calles
a partir de las nueve de la noche hora en la que sonaba la campana del reloj municipal de la to-
rre de Santa Catalina. El vecino que tenía necesidad de salir, por imperiosa causa, debía solicitar
permiso a la ronda que le facilitaba un salvoconducto. Las necesidades que se consideraron para
poder deambular por las calles fueron: buscar al médico o a la comadrona y buscar a un sacerdote
para administrar la comunión en riesgo de muerte. Cualquier otra causa a partir de las nueve de
la noche estaba completamente prohibida hasta las siete de la mañana hora en la que se levantaba
el toque de queda con un nuevo aviso de la campana de Santa Catalina. Una campana, por cierto,
que había sido colocada en la torre de esta iglesia en 1579 por el maestro de obras Miguel Gutiérrez
que fue quien la construyó. Esa torre, que no hemos conocido, estaba rematada por una terraza
almenada que se derrumbó durante la serie de terremotos que asolaron la ciudad en 1829. A partir
de ese momento, cuando se vino abajo la torre, el reloj de la ciudad pasó a la de la Iglesia de San
Antolín.

       Conozcamos ahora aquella catástrofe que originó el trágico terremoto y que supuso, tam-
bién, que desapareciera la torre, campana y reloj de Santa Catalina que habían marcado cerca de
trescientos años la vida de los murcianos.

       Es imposible saber, hoy, la magnitud de los terremotos de aquel siglo y ni tan siquiera su
zona epicentral pues, la conocida como “Escala de Richter”, fue desarrollada por Charles Francis
Richter con la colaboración de Beno Gutenberg en 1935, ambos eran investigadores del célebre
Instituto de Tecnología de California en EEUU. Por tanto, podemos conocer, y conocemos, sus
consecuencias devastadoras reflejadas de manera concisa en las actas capitulares y en las del Con-
cejo. Por esos testimonios podemos hacernos una ligera idea de la magnitud que aquellos seísmos
pudieron alcanzar a lo largo del siglo XIX y por supuesto, a tenor de sus consecuencias, asegurar
que tuvieron una magnitud muy elevada.

       Como vamos a comprobar, a continuación, fue en la primavera del año 1829 cuando este
viejo reino sufrió los mayores terremotos y sus graves consecuencias.

       El primero de ellos se registró el sábado 21 de marzo en la provincia de Alicante. Fue el
tristemente conocido como “terremoto de Torrevieja”, que sacudió la Vega Baja causando 389
muertos y destruyendo 1895 casas. Aquel poblado marinero fue, literalmente, tragado por las
aguas del Mediterráneo, la actual Torrevieja no está en el emplazamiento primitivo que tuvo siglos
pasados, y destruyó también Almoradí cuyo núcleo urbano quedó arrasado causando numerosos
muertos. Benferri, San Miguel de Salinas, Callosa del Segura, Redován y Orihuela, fueron otras
de las poblaciones donde el terremoto tuvo devastadoras consecuencias y, por supuesto, Murcia
no se libró de aquel desastre. Hay constancia de graves daños en torres y campanarios, edificios de
antigua construcción, palacios, ermitas y conventos. Pero los daños producidos por aquel “Terre-
moto de Torrevieja” fueron inferiores a los que sufriría la ciudad menos de un mes después aun sin
reponerse de este movimiento sísmico que hemos recordado.

       A raíz del terremoto del mes de marzo el miedo fue una constante y centenares de murcia-
nos abandonaron la ciudad buscando albergues provisionales en la huerta o el campo. Instalán-
dose, incluso, al raso protegidos únicamente por mantas, sabanas y lonas con las que formaban
rústicas tiendas de campaña. Transcurridos unos días después de aquello, los ciudadanos, volvieron

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