Page 82 - Rosario Corinto 08
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parada cuando llegase la hora fatal; otros buscaban sin consuelo un confesor para quedar limpios
de sus pecados y otros tantos, morían sin poder recibir los Sacramentos. Pero la piedad pública
manifestada en rogativas, procesiones y ritos alentaban la fe y la esperanza, mientras que los cuida-
dos espirituales del clero y órdenes religiosas hacían arder la caridad, algo que en tiempos de peste
había desparecido, pues pocas personas se encontraban en una situación apta para pensar en el
prójimo, y casi la totalidad del Cabildo Catedralicio había huido de la ciudad tras una misa contra
la peste, dejando al Obispo junto a un par de capitulares, solos, ante la gravísima situación. Ante la
escasez, el padre fray Martín llegó desde Valencia con veinte religiosos para auxiliar a los moribun-
dos. En cuanto a medicina, el único médico que se estaba encargando de dirigir la epidemia, cayó
gravemente enfermo, y el rey tuvo que enviar cinco cirujanos de Cataluña. Había más enfermos
que sanos. La muerte cabalgaba con su guadaña desde el Arenal a la plaza del Mercado; desde Santa
Eulalia a San Antolín; desde las norias y acequias a los húmedos bancales.
De nuevo se escuchaba ese terrible sonido por el empedrado y era entonces cuando las ven-
tanas y balcones se abrían. Multitud de cadáveres se arrojaban al paso del carro que iba recorriendo
las calles. Muchos de los que se encargaban de esta tarea de recogida, eran hombres que cumplían
algún tipo de condena o de los bajos fondos de la ciudad a cambio de unas monedas. Aquellos
carros se dirigían a los cementerios de la peste improvisados en Puerta Nueva y Puertas de Castilla.
Dos barrios se utilizaron como zona hospitalaria: el barrio de San Juan se empleó como zona de
convalecencia, mientras que en San Antolín, la mayoría de sus viviendas sirvieron para albergar a
los contagiados en pleno proceso. La función era alejar la enfermedad todo lo posible del centro de
la ciudad, sin embargo no tuvo efectividad. La institución hospitalaria más destacada de la ciudad,
San Juan de Dios, no albergó, en ningún momento, contagiados, sino que continuó atendiendo
enfermedades comunes, y en un acto de profunda caridad, los hermanos hospitalarios, se ocuparon
de atender a todos los niños huérfanos, que eran muchos, cuyos padres habían fallecido por culpa
de la peste. El fuego del amor fraterno seguía ardiendo entre las tinieblas.
Multitudinarias columnas de humo se elevaban por la ciudad devorando las ropas de los
enfermos. Las casas se desinfectaban a base de cal y azufre. Numerosos resplandores iluminaban la
noche, las llamas de las distintas hogueras que los ciudadanos encendían para purificar el ambien-
te, danzaban en fantasmagóricas sombras. La fe se reforzaba a bocanadas de muestras de piedad.
De fondo, los cantos del Miserere que entonaban los fieles que salían en procesiones y rogativas
frecuentes, acompasaban el chisporroteo del fuego. La fe era la única luz de los que estaban en-
vueltos en la oscuridad. El Cabildo catedralicio se encargaba de organizar todas las manifestaciones
públicas de piedad y devoción popular. La importancia de la devoción popular fue fundamental
en un tiempo en el que la vida pendía de un hilo. La manifestación de la fe en el entorno público
contribuía a alimentar de forma colectiva la llama de la esperanza. Se trataba de una profunda
intimidad compartida con el prójimo, imprescindible en tiempos difíciles. Una experiencia frater-
nal de fe ante el miedo. La Virgen de la Arrixaca, patrona de la ciudad, se había convertido en la
protectora de la peste saliendo en numerosas rogativas. Sin embargo, entre todas las muestras de
devoción, San Antonio de Padua se llevó todo el protagonismo; pues muchos vecinos se hacían eco
de que se había visto a uno de los regidores rezar una novena al santo en el convento de la calle que
lleva su nombre, y comenzaron a pedir su intercesión. Por otro lado, el Cabildo continuaba satisfa-
ciendo todas las peticiones de índole espiritual que proponía el Concejo de la ciudad. A comienzos
del mes de abril, el Cabildo Catedralicio al completo —antes de huir—, subió a lo alto de la torre
junto a los miembros del Concejo y conjuraron a la peste, como hacían con las tormentas; para
ello fueron acompañados de las reliquias de San Fulgencio y Santa Florentina que se custodiaban
en la catedral. El pueblo buscaba continuos intercesores para que Dios acabase con aquel desastre,
por eso es que además de las devociones murcianas, gran cantidad de oraciones iban dirigidas a los
santos abogados de la peste, San Sebastián y San Roque, santo —este último—al que se le rindió
un culto muy especial a partir del siglo XVIII, en una hornacina dispuesta junto al citado convento
de las Antonias.
Habían fallecido más de 24.000 personas según Frutos Baeza. Casi la totalidad del clero,
por su incombustible trabajo de atención a los enfermos “no aviendo quien quisiera asistir a los
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