Page 81 - Rosario Corinto 08
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                                                                       Doctor en Historia del Arte

 Hacía días que las puertas y portillos de la ciudad habían sido cerrados por órde-
                 nes llegadas desde Madrid. El primer caso de “peste verdadera” en Murcia había
                 sido diagnosticado en
febrero. Nadie podía entrar ni salir
de la ciudad sin una causa justificada.
Sin embargo, la producción de seda,
la mayor fuente de riqueza, no podía
permitirse un cese de actividad, por lo
que el Concejo no fue demasiado fé-
rreo a la hora de aplicar las medidas y
la contención de la epidemia fue com-
plicada. Ni las rondas de guardia por la
huerta fueron efectivas.
       Corría el año 1648. Los gritos
que aquella noche inundaban las calles
de Murcia, no permitían conciliar el
sueño. Era primavera, Murcia olía a
azahar. La peste azotaba sin piedad la
perla del Segura. Obispo, corregidor, regidores y los distintos frailes de los conventos de la ciudad,
combatían cuerpo a cuerpo con todas sus fuerzas en aquellas calles que acumulaban cientos de
cadáveres. Muchos murcianos habían huido y el Ayuntamiento recluía a las prostitutas para evitar
mayor número de contagios. Escaseaban los médicos, los seres queridos, la plata en las alforjas, la
cordura de los vivos y la esperanza de los creyentes. No había padre que pudiese socorrer a su hijo,
ni hijo para aliviar a su padre.
       El único atisbo de vida era el chasquido de los carros sobre el empedrado de las calles. Tras
ellos, un insoportable hedor. Transportaban los cadáveres al cementerio y las ropas al quemadero.
Los calores que anunciaban el verano murciano potenciaban la pestilencia, ya que muchos falle-
cían en sus casas, ocultando la enfermedad para no ser llevados a los hospitales, de donde temían
no salir nunca más. Para ello se establecieron diversas comisarías para localizar a los enfermos de
peste, entre ellas la localizada en la plaza de Santa Catalina. Aprovechando el emplazamiento, tam-
bién la sala baja del edificio del Contraste sirvió para reunir de forma excepcional al Concejo de la
ciudad durante el transcurso de la epidemia.
       El paisaje era dantesco. Algunos aseguraban haber visto apariciones macabras danzando en
algunas callejuelas. Muchos murcianos cavaban su propia sepultura por miedo a no tenerla pre-

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