Page 153 - Rosario Corinto 10
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Cada paso que dimos, cada día que iba pasando, era una nueva experiencia vital con Dios,
son infinitos los momentos indescriptibles que quedan en mis retinas y en mi corazón, pero per-
mítanme la licencia de destacar la visita a la Iglesia del Primado de Pedro, junto al mar de Galilea.

       Mi relación con la figura de Pedro, para aquellos que no me conozcan personalmente, es
de tremenda devoción, su figura rige el día a día de mi vida y de mi familia desde hace más de
cincuenta años. Decirles que tengo el inmenso honor de ser su Cabo de Andas cada Domingo de
Ramos, en la hermana Cofradía del Santísimo Cristo de la Esperanza, donde cada vez que cruza-
mos miradas, puedo ver en su rostro desolado y en sus lágrimas, el dolor y el arrepentimiento que
me demuestran la fragilidad de los hombres.

       De ahí, no hace falta que les cuente más, lo que pude sentir al cruzar la puerta de su templo
y encontrar la gran piedra donde Jesús confirmó a Pedro como pastor supremo de nuestra Iglesia,
en ningún caso, podría trasmitírselo a ustedes a través de palabras.

                       Pedro se entristeció porque le preguntó por tercera vez:
                                               “¿Me quieres?”
                                               y le respondió:

                           “Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero”
                                                Le dijo Jesús:

                                          “Apacienta mis ovejas”
       La experiencia seguía siendo inolvidable, amanecer en Jerusalén, en el comienzo del camino
del cristianismo, ahí pude entrar en el origen de la Fe y poner los pies sobre ella.
       El Monte de los Olivos, caer rendido ante esa piedra de Getsemaní donde nuestro Señor
sudó sangre; la Iglesia del Paternóster, donde según marca la historia, en esa gruta nuestro Señor
enseñó a rezar el Padre Nuestro a los Apóstoles; la impresión de llegar al Cenáculo, donde se
celebró la Ultima Cena, y donde vivimos un momento muy especial con nuestro Sacerdote D.
Esteban.
       Cantidad de emociones y sentimientos indescriptibles, inolvidables, que se completan, con
las vistas que, desde el mirador del alma, pude divisar, siendo estas el mayor escaparate de la ciudad
que presenció la mayor de las historias.
       Andar por la Vía Dolorosa, haciendo memoria y sintiendo cada una de las estaciones del
Vía Crucis en la contemplación del rostro doliente de nuestro Señor, en un silencio y una oscuri-
dad sobrecogedora. No pudiendo olvidar en cada rezo, en cada momento, lo que Jesús sufrió por
salvarme; por salvarnos a todos, del pecado.
       Terminando esa Vía Dolorosa tan personal e intensa para el corazón de los todos los cristia-
nos ante el verdadero santuario del cristianismo, el Santo Sepulcro. Créanme, pude sentir que, en
cada uno de los laberintos de pequeñas capillas de la basílica, se recoge la energía de todos aquellos
que hemos tocado sus paredes.
       Aquí en este punto del artículo, es donde les reconozco, que nunca el Viaje a Tierra Santa
puede ser planteado como un viaje meramente turístico o cultural; esto es mucho más, un viaje
planteado, como lección de vida, como un regalo del Señor.
       Les aseguro que es imposible mantener el escepticismo; el escenario, con la enorme roca,
donde el cuerpo de Jesús tocó tierra una vez descendido de la cruz, un intangible que obliga a la
meditación y el respeto.
       Así lo viví yo, un antes y un después en mi concepción de la Fe, un regalo y una vivencia
rompedora para cualquier cristiano; y algo que, humildemente recomiendo a cualquier hijo de
Dios, por las emociones y sentimientos que allí se despiertan.
       Como colofón a mi particular periplo por Tierra Santa, nuevamente la historia de Pedro,
se cruza en este viaje. Una nueva parada de Jesús en la tierra, me lleva a San Pedro in Galiicantu,
donde San Pedro negó a Jesús tres veces, cantando un gallo. Momento, como les he indicado

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