Page 79 - Rosario Corinto 11
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pleado de modo indistinto a lo largo de la historia por tres disciplinas que se han disputado su
posesión, a saber: la filosofía del arte, la estética y la metafísica. Para cada uno de estos campos, el
estudio de la belleza tiene un matiz peculiar. Para la metafísica la belleza solo se comprende desde el
ser como uno de sus transcendentales. La estética considera la belleza como un valor capital, pero
no único, captado por el sujeto. En la filosofía del arte la belleza no tiene rango ni jerarquía aparte4.

       La solución a dicho problema según establece Abelardo Lobato radica en que es necesario
partir del ser para llegar a la belleza, y afirma, que la conjunción de la belleza en el ser no excluye las
otras perspectivas, sino más bien las precede en un orden real5. Está claro que la belleza no puede
estar privada del ser, pues no tendría consistencia. Pero ante la pregunta “¿dónde puede encontrar-
se el ser sin la presencia de la belleza?”6 pensamos automáticamente que existen cosas sin belleza y
que dicha belleza es un obsequio del ser que se nos muestra raramente. Plotino responderá a dicha
cuestión afirmando que el ser y la belleza son una misma cosa.

       Santo Tomás describe la belleza por sus efectos, diciendo que es hermoso aquello cuya
contemplación agrada. Y añade que el hombre no solo es capax pulchri, porque descubre lo bello
a su alrededor, sino poque lo produce en cuanto es también creador de belleza7. La belleza de las
cosas se percibe con las potencias cognoscitivas: con los sentidos, con la inteligencia, o con una
conjunción de ambas.

       La liturgia y el arte
       Los fieles cristianos vivimos nuestra fe en el contexto de una acción litúrgica, cuyo rito se
ordena en gestos y palabras. Por acción de la gracia del Espíritu Santo en la Santa Misa se actualiza
el misterio redentor de Jesucristo, repitiendo sus mismos gestos y pronunciando las palabras de la
última cena que la Iglesia ofrece a Dios Padre. La liturgia cristiana está sujeta a unas reglas y unas
órdenes, es decir, requiere de unas rúbricas que aseguran la lógica teológica de toda celebración.
Como ya se ha indicado anteriormente la celebración litúrgica es un arte en sí misma8. Ese orden
es parte también de la belleza de la liturgia. Y la liturgia necesita del arte para realizar el misterio
que celebra.
       A cualquier obra de arte, independientemente de su hechura, material o calidad no se le
puede aplicar el término “sacro” en su sentido propio, hasta después de haber sido sometidos al rito
consagratorio, tal y como afirma el código de derecho canónico9, el cual les otorga cierta “virtud”
que las hace aptas y dignas para el rito divino. El enfoque del arte como esclavo al servicio de la li-
turgia y de la iglesia, aparece en el año 1983 muy bien reflejado en El arte sacro en la normativa de
la iglesia10 de Leopoldo S. González que señala al arte sacro como vehículo e instrumento del que
se sirve el Señor para alcanzar interiormente al hombre. La Instrucción de la Sagrada Congregación
del Santo Oficio del 30 de junio de 1952, define el arte sacro como aquel arte:
       ...cuyo deber y obligación, en virtud del su mismo nombre, es el de contribuir en la mejor
manera posible al decoro de la casa de Dios y promover la piedad de los que se reúnen en el templo
para asistir a los divinos oficios e implorar los dones celestiales. Por lo cual la Iglesia la ha cultivado
siempre con continua solicitud, atención y vigilancia, a fin de que se ajuste perfectamente a sus
leyes, las cuales emanan de la doctrina revelada y de la sana ascética, y así pueda con todo derecho
apropiarse el título de “sagrada”11.
       El arte sacro pues, es encargado de crear en el templo el ambiente propicio para la oración y

4Cfr. LOBATO, A. Ser y belleza, Herder, Barcelona, 1964, p. 9.
5Cfr. Ibidem. p. 22.
6Plotino. Enneáda, V.8, p. 9, citado en Ibidem. p. 23
7Cfr. LOBATO, A. “El horizonte estético del hombre medieval, la perspectiva tomista” en Revista Española de Filosofía medieval, Universidad de Cór-
doba, N.º 6, 1999, pp. 59.
8Cfr. GARCÍA MACÍAS, A. “El arte al servicio de la liturgia” en Almogaren: revista del Centro Teológico de Las Palmas. Instituto Superior de Teología
de las Islas Canarias, N.º 42, 2008, pp. 98.
9Cfr. SAGRA GONZÁLEZ, L. “El arte sacro en la normativa de la Iglesia” en Cuadernos doctorales: derecho canónico, derecho eclesiástico del Estado,
Universidad de Navarra, N.º 1, 1983, pp. 303.
10Cfr. Ibidem. pp. 301-344.
11Instrucción de la congregación del santo oficio sobre Arte Sacro, 1952. citado en Ibidem. p. 304.

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