Page 81 - Rosario Corinto 12
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El amor vence siempre

                                                                           Alfonso Martínez Pérez
                                        Presidente de la Hospitalidad de Ntra. Sra. de Lourdes

 Vivimos tiempos convulsos en un mundo que parece haberse vuelto loco:
               •	 -Las guerras declaradas enfrentan al mundo, unos contra otros en ese duelo fra-
                    tricida donde nadie gana y todos pierden.
               •	 -Los valores que sacaron a la sociedad de sus más oscuros episodios parecen des-
                    moronarse ante nuestros ojos que, impasivos y cómplices, contemplan y callan.
               •	 -El egoísmo cierra la puerta a compadecer ante el sufrimiento del hermano; pri-
                    ma el interés y el bienestar propio.
               •	 -Los nuevos inventos tecnológicos creados para ayudar, comienzan a ser una
                    amenaza con tanta inteligencia artificial y cada vez más escondida la inteligencia
                    natural.
       Podríamos preguntarnos, después de todo esto ¿qué? Y caemos en la cuenta que lo que el
mundo intenta ocultarnos maquillado de progreso y mejora aboca a la sociedad hacia un vacío
absoluto.
       Y cuando tocamos fondo con la defensa y promoción de la cultura de la muerte (con todo lo
que conlleva) en vez de la de la vida; cuando hemos abandonado a Dios para convertir a nuestros
diosecillos de barro en ídolos inconsistentes, no nos queda más que el vacío, la soledad, la tristeza
y el sinsentido de la propia existencia. Es ahí, en mitad de la noche más oscura, cuando uno ya,
desprovisto de todo, no tiene más remedio que intentar buscar algo que llene ese vacío interior que
el hombre necesita. Podríamos decir, aún en la simpleza de la afirmación, que lo bueno de tocar
fondo es que sólo nos queda como sociedad empezar a levantarnos.
       Son muchos, jóvenes y mayores, los que están experimentando este vacío que les conduce a
la oscuridad, pero también son muchos los que están reencontrándose con aquello que ennoblece
nuestra condición humana: amar y ser amados. Y claro, en el amor, como no podía ser de otra
forma, acaban encontrándose con la fuente inagotable del AMOR: el mismo Dios.
       Es al caer en la cuenta de que Dios ha estado a tu lado, silencioso, constante, aún en los
momentos donde te sentías sólo y vacío, cuando empiezas a comprender que Dios no tiene prisa;
que Dios te ha amado desde la creación del mundo; que eres parte de su plan y que por ti, de forma
personal e íntima, entregó a su Hijo en la Cruz (Jn 3, 16).
       Es curioso: un mundo que huye de Dios y de su Iglesia y que los castiga con el azote de
la persecución o quizá peor aún, de la indiferencia, sólo recupera su dignidad y sus valores más
nobles y fraternos cuando vuelve su mirada hacia Aquel de quien ha renegado. El hombre se hace
humano cuando pone su mirada y su corazón en Dios.

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