Page 76 - Rosario Corinto 12
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Solitaña y el mostrador de la tienda se entendían y se querían. Apoyando sus brazos
                       cruzados sobre él, contemplaba a los chiquillos que jugaban en el regatón para desagüe,
                       chapuzando los pies en el arroyuelo sucio. De cuando en cuando, el chinel, adelantando
                       alternativamente las piernas, cruzaba el campo visual del hombre del mostrador, que le
                       veía sin mirarle y sacudía la cabeza para espantar alguna mosca.
                       	 Fue en cierta ocasión como padrino a la boda de una sobrina. «A refrescar un
                       poco la cabeza -decía su mujer-, a estirar el cuerpo, siempre metido aquí como un oso.
                       Yo ya le digo: «Roque, vete a dar un paseo; toma el sol, hombre, toma el sol, y él nada».
                       A los tres días volvió diciendo que se aburría fuera de su tienda; él lo que quería es enco-
                       gerse y no estirarse; los estirones le causaban dolor de cabeza y hacían que circulara por
                       todas sus venas la humedad y la sombra que reposaban en el fondo de su alma angelical:
                       eran como los movimientos para el reumático. «Mamarro, más que mamarro -le decía
                       doña Rufina-, pareces un topo». Solitaña sonreía. Otro de sus goces, además del de me-
                       dir telas y los ora pro nobis, era oír a su mujer que le reñía. ¡Qué buena era Rufina!
                       	 Venía alguna mujer a comprar.
                       	 -Vamos, ya me dará usted a dieciocho.
                       	 -No puede ser, señora.
                       	 -Siempre dicen ustedes lo mismo; ¡es usted más carero!... Lo menos la mitad gana
                       usted. Nada, ¡a dieciocho, a dieciocho!...
                       	 -No puede ser, señora.
                       	 -¡Vaya!, me lo llevo... ¡Tome usted!...
                       	 -Señora, no puede ser...
                       	 -¡Bueno!, lo será...; siquiera a dieciocho y medio; vaya, me lo llevo...
                       	 -No puede ser, señora.
                       	 -Pues bien; ni usted ni yo; a diecinueve.
                       	 -No puede ser...
                       	 Vencida al fin por el eterno martilleo del hombre húmedo, o se iba o pagaba los
                       veinte. Así es que preferían entenderse con ella, que aunque tampoco cedía, daba razo-
                       nes, discutía, ponderaba el género; en fin, hablaba. Pero para los aldeanos no había como
                       él: paciencia vence a paciencia.
                       	 La tienda de Solitaña era afortunada. Hay algo de imponente en la sencilla impa-
                       sibilidad del bendito de Dios; los hombres exclusivamente buenos, atraen.
                       	 Cuando llegaba alguno de su pueblo y le hablaba de su aldea natal, se acordaba
                       del viejo caserío, de la borona, del humo que llenaba la cocina cuando dormitando con
                       las manos en los bolsillos calentaba sus pies junto al hogar, donde chillaban las castañas,
                       viendo balancearse la negra caldera pendiente de la cadena negra. Al evocar recuerdos
                       de su niñez sentía la vaga nostalgia que experimenta el que salió niño de su patria y vive
                       feliz y aclimatado en tierra extraña.
                       	 Eran grandes días de regocijo cuando él, su mujer y algunos amigos iban a me-
                       rendar al campo o a hacer alguna fresada. Se volvían al anochecer tranquilamente a casa,
                       sintiendo circular dentro del alma todo el aire de vida y todo el calor del sol. Una vez
                       fueron en tartana a Las Arenas; nunca había visto aquello Solitaña. ¡Oh!, los barcos,
                       ¡cuánto barco!, y luego el mar, ¡el mar con olas! A Solitaña le gustaba el monótono re-
                       suello de la respiración del monstruo; ¡qué hermoso acompañamiento para la letanía! Al
                       día siguiente, viendo correr el agua sucia por el canalón de la calle, se acordaba del mar;
                       pero allí, en su tienda, se palpaba a sí mismo.
                   Celebrar la Navidad, la Pascua de Navidad, era uno de los raros lujos que se permitía tan
           sobria familia. Nada tendría de extraño que se permitieran el lujo de montar en la sala de estar un

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