Page 75 - Rosario Corinto 12
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Solitaña subía todos los días la escalera estrecha y oscura, de ennegrecidas barandillas,
envuelta en efluvios de humedad picante, y la subía a oscuras sin tropezarse ni equivocar
un tramo, donde otro se hubiera roto la crisma, y mientras la subía lento e impasible
temblaba de amor la escalera bajo sus pies y la abrazaba entre sus sombras.
Para él eran todos los días iguales e iguales todas las horas del día; se levantaba a las seis;
a las siete bajaba a la tienda; a la una comía; cenaba a eso de las nueve, y a eso de las once
se acostaba, se volvía de espalda a su mujer, y, recogiéndose como un caracol, se disipaba
en el sueño.
En las grandes profundidades del mar viven felices las esponjas.
Feliz como las esponjas que habitan en las grandes profundidades del mar, el ca racol huma-
no, conformista y abnegado, a nadie oculta su sólida fe cristiana. Antes bien, la manifiesta abier-
tamente. Para quienes le conocen, familiares, amigos, vecinos, es hombre de rezos. Un ciudadano
que entona el rosario con la misma facilidad con que respira, llevándolo consigo a todas partes
como la sombra al cuerpo.
Todos los días rezaba el rosario, repetía las avemarías como la cigarra y el mar repiten
a todas horas el mismo himno. Sentía un voluptuoso cosquilleo al llegar a los ora pro
nobis de la letanía; siempre, al agnus, tenían que advertirle que los ora pro nobis habían
dado fin; seguía con ellos por fuerza de inercia; si algún día por extraordinario caso no
había rosario, dormía mal y con pesadillas. Los domingos lo rezaba en Santiago, y era
para Solitaña goce singular el oír medio amodorrado por la oscuridad del templo que
otras voces gangosas repetían con él, a coro, ora pro nobis, ora pro nobis.
Los domingos, a la mañana, abría la tienda hasta las doce, y a la tarde, si no había fun-
ción de iglesia y el tiempo estaba bueno, daban una vuelta por Begoña, donde rezaban
una salve y admiraban siempre las mismas cosas, siempre nuevas para aquel bendito de
Dios. Volvía repitiendo ¡qué hermosos aires se respiran desde allí!
Subían las escaleras de Begoña, y un ciego, con tono lacrimoso y solemne:
-Considere, noble caballero, la triste oscuridad en que me veo... La Virgen santí-
sima de Begoña os acompañe, noble caballero...
Solitaña sacaba dos cuartos y le pedía tres ochavos de vuelta. Más adelante:
-Cuando comparezcamos ante el Tribunal Supremo de la Gloria...
Solitaña le daba un ochavo. Luego una mujercilla viva:
-Una limosna, piadoso caballero...
Otro ochavo. Más allá, un viejo de larga barba blanca, gafas azules, acurrucado
en un rincón con un perro y con la mano extendida. Otro más adelante, enseñando una
pierna delgada, negra, untosa y torcida, donde posaban las moscas. Dos ochavos más.
Un joven cojo pedía en vascuence, y a éste Solitaña le daba un cuarto. Aquellos acentos
sacudían en el alma de don Roque su fondo yacente y sentía en ella olor a campo, verde
como sus paños para sayas, brisas de aldea, vaho de humo del caserío, gusto a borona.
Era una evocación que le hacía oír en el fondo de sí mismo, y como salidos de un fo-
nógrafo, cantos de mozas, chirridos de carro, mugidos de buey, cacareos de gallina, piar
de pájaros, algo que reposaba formando légamo en el fondo del caracol humano, como
polvo amasado con la humedad de la calle y de la casa.
De la tienda a la calle y de la calle a la tienda y a la casa. O de su corazón a sus asuntos,
al modo clásico. Unamuno describe un personaje de aldea que ha hecho de su casa y de
su tienda una aldea, añorante de la infancia3.
3De haber nacido al sur de Vasconia, Unamuno podría haber aludido a la chunga cuarteta: «Estoy pasando por ti / las penas del caracol / que lleva la casa
a cuestas/ con más fatigas que Dios», que a Solitaña viene como anillo al dedo.
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