Page 77 - Rosario Corinto 12
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belén de barro, sobre un panorama de corcho, de los que se compran por piezas en plazas y mer-
cados, regateando el precio a los ambulantes.
Por Navidad se reunían varios parientes; después de la cena había bailoteo, y era de ver
a Solitaña agitando sus piernas torpes y zapateando con sus pies descomunales. ¡Qué
risas! Bebía algo más que de costumbre y luego le llamaba hermosa y salada a su mujer.
Bajo el mismo cielo, lluvioso siempre, Solitaña era siempre el mismo; tenía en la mirada
el reflejo del suelo mojado por la lluvia; su espíritu había echado raíces en la tienda como
una cebolla en cualquier sitio húmedo. En el cuerpo padecía de reúma, cuyos dolores le
aliviaba el opio de las conversaciones de sus contertulios.
Iban a la noche de tertulia un viejo siempre tan guapo, bizcor, bizcor, según él decía,
alegre y dicharachero, que contaba siempre escenas de caza y de limonada; otro que cada
ocho días narraba los fusilamientos que hizo Zurbano cuando entró en Bilbao el año
41, y algunas veces un cura muy campechano. Siempre se hablaba de estos tiempos de
impiedad y liberalismo; se contaban hazañas de la otra guerra y se murmuraba si saldrían
o no otra vez al monte los montaraces. Solitaña, aunque carlista, era de temperamento
pacífico, como si dijéramos, hojalatero.
Sin dejar de atender a la conversación, de interesarse en su curso, pensando siempre en
lo último que había dicho el que había hablado el último, se dirigía a los rincones de
la tienda, servía lo que le pedían, medía, recibía el dinero, lo contaba, daba la vuelta y
se volvía a su puesto. En invierno había brasero y por nada del mundo dejaría Solitaña
a badila, que manejaba tan bien como la vara, y con la cual revolvía el fuego mientras
los demás charlaban, y luego, tendiendo los pies con deleite, dormitaba muchas veces al
arrullo de la charla.
Su mujer llevaba la batuta, la emprendía contra los negros, lamentaba la situación del
Papa, preso en Roma por culpa de los liberales; ¡duro con ellos! Ella era carlista porque
sus padres lo habían sido, porque fue carlista la leche que mamó, porque era carlista su
calle, lo era la sombra del cantón contiguo y el aire húmedo que respiraba, y el carlismo,
apegado a los glóbulos de su sangre, rodaba por sus venas.
El viejo, siempre tan guapo, se reía de esas cosas; tan alegres eran blancos como negros, y
en una limonada nadie se acuerda de colores; por lo demás, él bien sabía que sin religión
y palo no hay cosa derecha.
Hablaban de una limonada.
-¡Qué limonada! -decía el que vio los fusilamientos de Zurbano-; ¡pedazos de
hielo como puños navegaban allí!...
-Tendríais sarbitos -interrumpió el viejo, siempre tan guapo-; en la limonada
hacen falta sarbitos... Sin sarbitos, limonada fachuda; es como tambolín sin chis
tu. Cuando están aquellos cachitos helados que hacen mal en los dientes, enton
ces...
-Unas tajaditas de lengua no vienen mal...
-Sí, lengua también; pero sobre todo, sarbitos; que no falten los sarbitos...
Solitaña se sonreía, arreglando el fuego con la badila.
-A mí ya me gusta también un poco de merlusita en salsa... -volvió el otro.
-¿Con la limonada? Cállate, hombre; no digas sinsorgadas... Tú estás tocao...
¿Merlusa en salsa con limonada? A ti solo se te ocurre...
-Tú dirás lo que quieras; pero pa mí no hay como la merlusa...; la de Bermeo,
se entiende; nada de merlusa de Laredo; cada cosa de su paraje; sardinas de San
turse, angulitas de la Isla y merlusa de Bermeo...
-No haga usted caso de eso -dijo el cura-; yo he comido en Bermeo unas sardi
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