Page 78 - Rosario Corinto 12
P. 78
nas que talmente chorreaban manteca; sin querer se les caiga el pellejo... Y estan
do en Deva, unas angulitas de Aguinaga, que ¡vamos!...
-Bueno, hombre, pues ¿qué digo yo?, cada cosa en su sitio y a su tiempo; luego
los caracoles, después el besugo... Hisimos una caracolada poco antes de entrar
Zurbano el año...
-Ya te he dicho muchas veces -le interrumpió el viejo siempre tan guapo- que tú
no sabes ni coger ni arreglar los caracoles, y, sobre todo, te vuelvo a desir, y no le
des más vueltas, que con la limonada sarbitos, y al que te diga merlusa en salsa
le dises que es un arlote barragarri... Si me vendrás a desir a mí...
-Y si a mí me gusta en la limonada merlusa en salsa...
-Entonces no sabes comer como Dios manda.
-¿Que no sé?
-Bueno, bueno -interrumpió el cura para cortar la cuestión-, ¿a que no saben
ustedes una cosa curiosa?
-¿Qué cosa?
-Que los ingleses nunca comen sesos.
-Ya se conoce; por eso están, tan coloraos -dijo el viejo guapo-, porque en cam
bio se sampan cada chuleta cruda y te pasan cada sapalora...
-Esos herejes... -empezó doña Rufina.
Y venía rodando la conversación a los liberales.
Cuando los contertulios se marchaban, cerraban la tienda doña Rufina y su ma
rido; contaban el dinero cuidadosamente, sacando sus cuentas; luego, con una
vela encendida, registraban todos los rincones de la tienda; miraban tras de las
piezas, bajo el mostrador y los banquillos; echaban la llave y se iban a dormir.
Solitaña no acostumbraba a soñar; su alma se hundía en el inmenso seno de la
inconsciencia, arrullada por la lluvia menuda o el violento granizo que sacudía
los vidrios de la ventana.
Al día siguiente se levantaba como se había levantado el anterior, con más regu
laridad que el sol, que adelanta y atrasa sus salidas, y bajaba a la tienda en invier
no entre las sombras del crepúsculo matutino.
«En Domingo de Ramos, quien no estrena no tiene manos». Hablando en plata: «O no se
lo ha ganado». Ponerse de punto en blanco para salir era para el matrimonio hábito arraigado, a
fin de presentarse como respetables personas de respeto en los ritos propios de la Semana Santa.
Misas, estaciones y procesiones, principalmente; que, en el norte, tienen éstas el inconveniente de
que los santos procesionan con impermeable y las velas del alumbrado se apagan con los imperti-
nentes aguaceros.
El Jueves Santo parecía revivir un poco el bendito caracol; se calaba levita negra, guantes
también negros, chistera negra que guardaba desde el día de la boda, e iba con un bas-
toncillo negro a pedir para la Soledad de la negra capa. Luego en la procesión la llevaba
en hombros, y aquel dulce peso era para él una delicia sólo comparable a una docena de
letanías con sus quinientos sesenta y dos ora pro nobis.
¡Pobre ángel de Dios, dormido en la carne! No hay que tenerle lástima; era padre y toda
la humedad de su alma parecía evaporarse a la vista del pequeño. ¿Besos?, ¡quiá! Esto en
él era cosa rara; apenas se le vio besar a su hijo, a quien quería, como buen padre, con
delirio.
Vino el bombardeo, se refugió la gente en las lonjas y empezó la vida de familias acuarte-
ladas. Nada cambió para Solitaña; todo siguió lo mismo. La campanada de bomba pro-
vocaba en él la reacción inconsciente de un avemaría, y la rezaba pensando en cualquier
78

