Page 82 - Rosario Corinto 12
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Y ese contemplar a Dios y volver a casa como el hijo pródigo, no deja impasivo y se vuelve
           caridad para con los hermanos en tantas actividades visibles e invisibles en un voluntariado que,
           como una tela de araña, es el corazón mismo de nuestra Iglesia que palpita en el amor y la entrega
           a los hermanos más pobres, los enfermos, los niños sin familia, los presos, los indigentes, los an-
           cianos que viven en soledad, los marginados… Unos y otros colman en gran medida el corazón
           mismo de Cristo pues con unos se contrae y con otros se expande hasta el infinito.

                   Nuestra condición de cofrades nos interpela a la acción. No podemos ser cofrades de nú-
           mero y carné, de cinco horas al año. Ser cofrade es ser hermano y por tanto hijo… Sólo hay que
           pensar de quién venimos y a quién seguimos. A partir de ahí estamos llamados al encuentro con
           Dios y con los hermanos en fe, la esperanza y la caridad.

                   ¡Ánimo! Hay motivo para la esperanza, ¡claro que lo hay! Pues Dios sigue tocando corazo-
           nes y saliendo al encuentro de hombres y mujeres, niños, jóvenes, mayores, ancianos, enfermos y
           sanos y cuando nos topamos con Él en nuestro particular camino de Damasco, caemos del caballo
           y pasamos a anunciar a Jesucristo con la palabra y la vida.

                   Todo lo demás en la vida será consecuencia de ese encuentro. La escala de valores quedará
           para siempre alterada y reestructurada para poner primero a Dios y junto a Él a los hermanos, o lo
           que se lo mismo: primero el Amor y luego más amor…

                   Y es que, como dijo el Papa San Juan Pablo II: ¡El amor vence siempre!.

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