Page 64 - Rosario Corinto 11
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J.H.N. – Si, tienes razón. Lógicamente, cuando se hacen imágenes, éstas tienen un destino,
           un cometido y una obligación que es, la de provocar fe. Entonces, hay que ahondar en eso, porque
           una imagen no se hace para decorar, se hace para evangelizar y se hace para provocar un sentimien-
           to especial en los fieles. Yo eso lo he tenido siempre muy claro, ha sido una de las prioridades, no
           ha sido el hacer adornos o hacer como el que hace escultura civil, que ya no tiene otra intención,
           nada más que la de decorar o recordar algún pasaje o algún personaje, pero nada más.

                   F.E.M. -Y tu primera obra, ¿Quién te sirvió de modelo y dónde se encuentra ahora?
                   J.H.N. - Pues el acervo popular, la comidilla popular, siempre habla de que mi primera obra
           puesta al culto, por llamarla de alguna manera, es esta imagen que comentaba antes, La Virgen de
           la Huerta. Todo el mundo achaca y dice que yo me inspiré en mi mujer, así lo dicen y es que la
           gente gusta de eso.
                   F.E.M. - ¿Y tú qué dices?
                   J.H.N. - Yo digo que no es del todo cierto, porque cuando hice la imagen de la Virgen de la
           Huerta, aún no era novio de mi mujer. Ella nunca posó para la Virgen.
                   F.E.M. - ¿La conocías?
                   J.H.N. - Sí. El tenerla como ideal y que pudiera reflejarse, tampoco digo que no, pero aque-
           llo de decir que estuvo posando para que yo la copiara, no. Es un híbrido, pero la gente le gusta
           que sea de verdad, le gusta decirlo. Yo puedo afirmar que no, pero como la conocía ya está todo
           dicho. Y esto es estando vivo y diciéndolo yo, cuando muramos será palabra de Dios. Será como
           la leyenda de la Dolorosa de Salzillo.
                   F.E.M. - Además de escultor, diseñador de capillas, ¿no?
                   J.H.N. Bueno, no del todo. He trabajado muy poco en este tema. El único diseño que se
           puede considerar que sí que es mío, es precisamente la Ermita de la Virgen. Una cosa iba unida a
           la otra, porque resulta que la Virgen estuvo antes que la Ermita. O sea, que la Ermita se le hizo a
           la Virgen, no la Virgen a la Ermita.
                   F.E.M. - Aclárame esto.
                   J.H.N. - En la huerta existe otra Capilla, que es de la Marquesa de Rocamora, en la Torre
           Rocamora, dedicada al culto de la Virgen, pero de propiedad privada. En muchos aspectos los
           dueños se hacían sentir los dueños, y lo demostraron. Aunque el culto estaba asegurado, el caso de
           la nueva imagen provocó que ellos se negaran rotundamente a que se pusiera la nueva en su capilla,
           porque pensaban que iba a ser después un jubileo de fiestas, y romerías, y eso ya no les gustaba.
           Entonces, cortaron por lo sano y dijeron cuando se hizo la imagen de la Virgen de la Huerta, que
           en su Ermita no querían “Vírgenes extrañas”. Entonces, esa negativa fue providencial porque pro-
           vocó enseguida la reacción de la gente de levantar una nueva.
                   F.E.M. - ¿De quién era el terreno donde se edificó la nueva Ermita?
                   J.H.N. - El terreno era de un vecino de aquí, de la huerta, que se le compró. No fue donado
           se adquirió con el esfuerzo de todos, fue una cuestión popular. En esta vida para que funcionen las
           cosas, tienen que empezar con inconvenientes y zancadillas y eso es lo que hace crecer una idea.
                   F.E.M. – Entonces, ¿Fue una labor compartida entre todos?
                   J.H.N. - Sí, la verdad es que fue así. La negativa de la marquesa fue providencial para que
           se levantara la nueva Ermita con la colaboración de todos. Yo estaba metido hasta las cejas al igual
           que mi padre y el resto de la familia. Al final, formamos un grupo muy unido y lo conseguimos
                   F.E.M. - ¿Se edificó entre todos o se llamó a alguna empresa?
                   J.H.N. – Un maestro de obras, de Alquerías, que aún vive se unió al empeño, y tiene una
           calle dedicada con una placa ya que además de ayudar con su trabajo, colaboró gratuitamente en
           muchas cosas. Traía a sus propios albañiles y los comprometía a trabajar algunos fines de semana,
           lo cierto es, que el primer empujón de levantarla, tejarla y ponerla en marcha fue suyo, y se le tiene
           reconocido allí, como he dicho en una placa. Y luego, ya con el tiempo, pues han tenido que pasar

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