Page 68 - Rosario Corinto 11
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Julio García Velasco
Sacerdote
Litúrgicamente estamos metidos en el llamado Tiempo ordinario.
Nuestro tiempo siempre es ordinario. Solamente Dios puede hacer extraor-
dinario el tiempo, y algo extraordinario en el tiempo. Lo ordinario es la medida de
nuestro tiempo. En nuestro tiempo estamos hoy sumidos en la tristeza, el miedo, el temor, la
incertidumbre hacia el futuro. Guerras, asesinatos, persecución a los cristianos, migrantes tragados
por el mar, suicidios (4.097 en España en el año 2022), y otros muchos problemas tristes y des-
garradores. En esta situación, si Dios entra en nuestro tiempo podrá cambiarlo. Pero a Dios no le
permitimos entrar, le hemos echado fuera.
A pesar de todo, los creyentes, hemos de dar testimonio de la alegría de nuestra fe, junto al
compromiso para remediar todos los males posibles. Ambas cosas juntas podrían hacer el milagro.
Veamos:
Dios es alegría infinita.
Dios es comunión de amor eterno, alegría infinita que no se encierra en sí misma, sino que
se difunde en aquellos que Él ama y que le aman. Siendo Dios el Supremo bien, ha de comunicarse
y difundirse de un modo universal y desbordante. En este sentido, Dios quiere hacernos partíci-
pes de su alegría, divina y eterna.
La vocación de todo hombre a la alegría.
En la experiencia humana encontramos siempre una búsqueda incesante de la alegría. Be-
nedicto XVI afirmaba: “la aspiración a la alegría está grabada en lo más íntimo del ser huma-
no. Más allá de las satisfacciones inmediatas y pasajeras, nuestro corazón busca la alegría profunda,
plena y perdurable, que pueda dar “sabor” a la existencia”. “La voluntad de Dios es que nosotros
seamos felices”, que vivamos en la alegría, en el tiempo y más allá del tiempo: en la vida eterna.
¿De dónde viene la alegría?
De la certeza de la fe: la certeza de que “yo” soy amado; tengo un cometido en la historia;
soy aceptado, soy querido. Sólo la fe me da esta certeza: “es bueno que yo exista” como persona
humana, incluso en tiempos difíciles” como los actuales.
La fe me dice que yo soy aceptado, acogido y amado incondicionalmente por Alguien que
quiere hacerme participe de su vida íntima, de su sabiduría y bondad infinita. De hecho, yo existo
porque Él, amándome, me ha dado el ser. Por esta razón, es muy bueno que yo exista, que yo esté
en el mundo. J. Pieper, en su libro sobre el amor, ha mostrado que el hombre puede aceptarse a
sí mismo sólo si es aceptado por algún otro. Tiene necesidad de que haya otro que le diga, y no
sólo de palabra: “es bueno que tú existas”. Sólo a partir de un “tú”, el “yo” puede encontrarse a sí
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