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Entre la mística y la calle
Rvdo. Afrodisio Hernández Casero
Santa Catalina
Sonó la campanilla del “Paso” y el Cristo de la Paciencia, rodeado de todos sus fieles co-
frades, se puso en movimiento. “Hay que salir a la calle”, “Hay que pisar los adoquines
de la vida”. Solía decir su Presidente, “periferias, lo llama el Papa Francisco. Y el Cristo
de la Paciencia atravesó los umbrales del Templo. Ya en el exterior, el buen Cristo de la Paciencia
miró complacido a toda la multitud congregada y la bendijo con su mirada apenas perceptible.
El cofrade encargado puso tres cucharadas de incienso en el turibulo y la Plaza se llenó de
nubes de trascendencia. El presidente apoyó la cabeza sobre el estandarte y comenzó su meditación
silenciosa.
¿Quién soy yo? Al profundizar en la respuesta me siento más seguro porque me conozco
mejor y sé mis posibilidades; pero, al mismo tiempo, me siento más inseguro, porque puedo llegar
a entender que mi razón de ser, no me la doy yo, ha venido dada desde fuera, de modo que mi vida
parece la de otra persona, está en “otro”. Esta es la experiencia de los místicos.
La interiorización (vida interior) es la base humana de la contemplación, porque indica que
el proceso de encontrarme conmigo mismo es el mismo que me lleva a encontrarme con Dios. No
me puedo encontrar conmigo mismo, si no me encuentro con Dios; y no puedo encontrarme con
Dios, sino me encuentro conmigo mismo, porque la intimidad profunda coincide con la ‘dimen-
sión espiritual’ del hombre y sólo, de espíritu a Espíritu, puedo encontrarme con Dios.
En lo más profundo de nosotros mismos existe lo inefable, porque entra de lleno en la di-
mensión espiritual del hombre.
El juzgar desde fuera está comunicación de espíritu a Espíritu puede resultar inaccesible y
difícil de comprender. Quizás sean los místicos los únicos que han descubierto el camino de comu-
nión con Dios, y que se nos escapa a los demás. Se necesita una educación para poder acercarnos
al Espíritu. La vida interior necesita del silencio, de momentos de soledad para poder encontrarse
con el yo profundo. Sin interiorización no hay felicidad, no desarrollo armónico de la persona.
El activismo, en el mejor de los casos, desarrolla una dimensión de la persona, pero no a la
persona integral. Lo mismo podemos decir de la dimensión espiritual. No se puede llegar a Dios
(dimensión espiritual) si no es a través del hermano (dimensión humano social), y a través de las
cosas: Hermano sol, hermana luna ... O el Canto a la naturaleza de San Juan de la Cruz. Ir a las
“periferias humanas”, “salir a la calle” o “ pisar los adoquines de nuestra vida” es llevar nuestra fe a
los hogares, comercios o lugares de encuentro. Y es desde ahí, desde donde debemos descubrir el
misterio, es decir el ser místicos.
Los sentidos, por su propia naturaleza, tienden a lo material, al mundo que los rodea. De
ahí la necesidad purificadora de la “ascesis”. Por su parte, el espíritu, tiende a lo espiritual (Dios),
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