Page 69 - Rosario Corinto 11
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mismo. Quien no es amado, ni siquiera puede amarse a sí mismo. Pero toda acogida humana es
frágil. Tenemos necesidad de una acogida incondicionada. Sólo si Dios me acoge, y estoy seguro
de ello, sabré definitivamente: “Es bueno que yo exista” y tendré alegría.

       Cuando llega a dominar la duda sobre Dios, surge inevitablemente la duda sobre el mismo
ser humano. Hoy, esta duda vemos que se difunde muchísimo. Lo vemos en la tristeza interior que
se puede leer en tantos rostros humanos, en los suicidios en un grado extremo.

       Leemos en la primera carta de san Juan: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos
tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4,16) La alegría cristiana, por lo tanto, es algo consistente, sóli-
do, bien fundado. No podíamos encontrar un fundamento más hermoso y seguro para la alegría.
“Alégrese el corazón de los que buscan al Señor” (Salmo.105,3). R. Guardini decía: “la fuente de
la alegría se encuentra en lo más profundo del interior de la persona (…) Ahí reside Dios. Desde
ahí, la alegría se dilata y nos hace luminosos”.

       El Papa Pablo VI escribió una Exhortación apostólica Gaudete in Domino (1975). Os
ofrezco algunas ideas de esta Exhortación:

       “El hombre experimenta la alegría cuando se halla en armonía con la naturaleza y sobre
todo la experimenta en el encuentro, la participación y la comunión con los demás. Con mayor
razón conoce la alegría y felicidad espirituales cuando su espíritu entra en posesión de Dios, cono-
cido y amado como bien supremo e inmutable” (n.6).

       “La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy
difícil engendrar la alegría. Porque la alegría tiene otro origen. Es espiritual. El dinero, el confort, la
seguridad material no faltan con frecuencia; sin embargo, el tedio, la aflicción, la tristeza, forman
parte, por desgracia, de la vida de muchos. Esto llega a veces hasta la angustia y la desesperación”.
(n.8)

       “El problema nos parece de orden espiritual, sobre todo. Es el hombre, en su alma, el que se
encuentra sin recursos para asumir los sufrimientos y las miserias de nuestro tiempo. Estas le abru-
man; tanto más cuanto que a veces no acierta a comprender el sentido de la vida; no está seguro de
sí mismo, de su vocación y destino trascendentes. Dios le parece abstracto, inútil: sin que lo sepa
expresar, le pesa el silencio de Dios. Sí, el frío y las tinieblas están en primer lugar en el corazón
del hombre que siente la tristeza”. (n.13).

       Ante este gravísimo problema, Pablo VI dice: “El hombre puede verdaderamente entrar en
la alegría acercándose a Dios y apartándose del pecado.

       Jesús y la alegría
       “Jesús ha experimentado en su humanidad todas nuestras alegrías. Él, palpablemente, ha
conocido, apreciado, ensalzado toda una gama de alegrías humanas, de esas alegrías sencillas y
cotidianas que están al alcance de todos… Admira los pajarillos del cielo y los lirios del campo…
Él exalta la alegría del sembrador y del segador; la del hombre que encuentra un tesoro escondido;
la del pastor que encuentra la oveja perdida o de la mujer que halla la dracma; la alegría de los
invitados al banquete; la alegría del padre cuando recibe a su hijo, al retorno de una vida de pró-
digo; la de la mujer que acaba de dar a luz un niño. Estas alegrías humanas son para él signos de
las alegrías espirituales del Reino de Dios. El mismo Jesús manifiesta su satisfacción y su ternura,
cuando se encuentra con el joven rico, fiel y con ganas de ser perfecto; con amigos que le abren las
puertas de su casa como Marta, María y Lázaro.
       El evangelio de Lucas abunda de manera particular en la alegría que Jesús transmitía a los
pobres, a los pecadores, a los enfermos.
       Si Jesús irradiaba esa paz, esa seguridad, esa alegría, se debía al amor inefable con que se
sabía amado por su Padre. «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Jn 14,10). En corres-
pondencia, el dirá: «Yo amo al Padre y procedo conforme al mandato del Padre» (Jn 14,31).. Su
disponibilidad llega hasta la donación de su vida «Por esto me ama el Padre, porque yo entrego
mi vida…» (Jn 10,17)

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